Arrepentimiento

VER:
En bastantes ocasiones, y más de un tiempo a esta parte, he escuchado decir a algunas personas respecto a su vida: ‘Yo no me arrepiento de nada’. Siempre me sorprende esta afirmación tan rotunda: ¿Nunca han hecho o dicho algo que ha tenido consecuencias negativas, para ellos mismos o, sobre todo, para otros, y hubieran querido actuar de otra forma? A veces lo dicen en el sentido de que todo lo que han hecho, bueno y malo, les ha servido de experiencia, pero en la mayoría de ocasiones lo que se refleja es un enorme egocentrismo, que lleva a vivir como si uno fuera el centro del universo y lo demás y los demás no cuentan. Y no se trata de vivir siempre atormentados por el pasado, pero tampoco de no querer ser conscientes de las repercusiones de nuestros actos.
JUZGAR:
Hoy la Palabra de Dios nos habla del valor del arrepentimiento, de sentir verdadero pesar por haber hecho o dicho algo, o por haberlo dejado de hacer o decir. En el Evangelio, Jesús nos ha propuesto la parábola de los dos hijos, que reaccionan de forma diferente ante la misma petición de su padre: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. El segundo hijo respondió: “‘Voy, señor’. Pero no fue”. Este hijo es egocéntrico, para él lo primero son sus intereses, sus apetencias… y no piensa en el padre. Del primer hijo, en cambio, nos dice que su primera respuesta fue: “No quiero”. A este hijo, como a su hermano y a la mayoría de nosotros, lo primero que le sale es el egocentrismo. “Pero después se arrepintió y fue”. Este hijo no piensa sólo en sí mismo y en lo que le apetece, sino que piensa también en su padre, y por eso siente arrepentimiento: le duele la mala respuesta que ha dado, pero sobre todo haber fallado al amor y confianza de su padre. El arrepentimiento le sirve como estímulo para salir de su egocentrismo, convertirse y a hacer las cosas bien.
Esta parábola nos enseña a vivir el verdadero arrepentimiento: no se trata solamente de hacer un examen de conciencia y lamentar lo que hemos hecho o dicho. Además de esto, el arrepentimiento cristiano nos hace ser conscientes de que estamos ante un ‘Tú’, ante Dios mismo y su amor infinito por nosotros, y nos dolerá fallarle a Él y a su amor. Y ese ‘Tú’ que es Dios mismo se hace presente en los diferentes ‘tú’ que forman parte de nuestra vida cotidiana, como nos recordó el mismo Jesús: “cada vez que lo hicisteis con uno de éstos… conmigo lo hicisteis (…) cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos… tampoco lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 40.45).
La parábola nos enseña a ser conscientes de que nuestros ‘no quiero’ se los estamos diciendo a nuestro Padre del cielo; y éste ha de ser el punto de apoyo de nuestro arrepentimiento. Y entonces podremos hacer nuestra, con sinceridad, humildad y confianza, la súplica que hemos escuchado en el Salmo: “Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud”. Una súplica que no significa estar siempre culpabilizándonos por nuestro pasado. Como hemos escuchado en la 1ª lectura: “cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia… si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. El filósofo alemán Max Scheler escribió una obra con un título muy significativo, “Arrepentimiento y nuevo nacimiento”, y en ella dice: «Arrepentirse significa imprimir un nuevo sentido a un fragmento de vida pasada». El arrepentimiento, al sacarnos de nuestro egocentrismo, también nos libera de permanecer encadenados a nuestras faltas y pecados y que podamos dar una nueva orientación a nuestra vida.
ACTUAR:
¿Soy de los que afirman ‘no me arrepiento de nada’? ¿Me culpabilizo mucho por errores de mi pasado? ¿He vivido alguna vez el verdadero arrepentimiento? ¿Cambió en algo mi vida?
El verdadero arrepentimiento no se va a producir sólo por nuestro empeño y esfuerzo; la principal motivación será descubrir y vivir la presencia de Dios en nuestra vida, y esa presencia se ha hecho carne en Jesús. Por eso san Pablo pedía: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”. Necesitamos vivir unidos a ese ‘Tú’ que es Cristo Resucitado por la oración, la Eucaristía, la Reconciliación, por la formación… para ir adquiriendo sus mismos sentimientos y concretarlos en nuestra vida cotidiana. Y, cuando pequemos, sentiremos verdadero arrepentimiento y nos sentiremos animados a seguir adelante con el propósito, sobre todo, de no volver a fallarle a Él y a su amor.