
Hace veinticinco años, el 11 de marzo de 2001, el Papa san Juan Pablo II elevaba a los altares a 233 mártires españoles, entre ellos 232 valencianos, de los cuales 39 eran laicos de Acción Católica. Aquella celebración no fue solamente un acto de reconocimiento de quienes dieron la vida por su fe: fue también una invitación a contemplar sus vidas como un testimonio capaz de iluminar el presente.
Se estableció entonces que la memoria litúrgica de todos ellos sería el 22 de septiembre. Con tal motivo se celebrará en la Catedral de Valencia una Eucaristía en acción de gracias. Veinticinco años después, la memoria de aquellos mártires sigue planteándonos una pregunta decisiva: ¿cómo se llega a una fe capaz de transformar toda la vida, hasta el punto de entregar la propia existencia por Cristo?
La respuesta podemos encontrarla en una palabra que define profundamente la identidad de la Acción Católica: integración.
Un triángulo que no puede romperse
La identidad de la Acción Católica se comprende como un triángulo cuyos tres lados son formación, acción y celebración-contemplación. No se trata de tres actividades independientes, ni de tres caminos que cada persona pueda escoger según sus preferencias. Son tres dimensiones inseparables de una misma vida cristiana.
El documento La identidad de la que emana la Acción Católica General explica esta realidad a partir de la experiencia de las primeras comunidades cristianas: escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivir la comunidad y partir el pan y orar. (cfr. Hch 2, 42) Creer, vivir y celebrar forman una unidad. Del mismo modo que, en un triángulo, si falta uno de sus lados ya no podemos hablar propiamente de un triángulo, si falta la formación, la acción o la celebración-contemplación no podemos hablar de Acción Católica.
Esta imagen del triángulo resulta especialmente sugerente cuando contemplamos la vida de los 39 mártires de AC. En ellos descubrimos que la fe no era una idea, que la oración no era un refugio intimista y que el apostolado no era una simple actividad. Todo estaba unido.
Habían aprendido la fe, la habían interiorizado, la habían celebrado y, finalmente, la habían convertido en una forma concreta de vivir.
Por eso, cuando hablamos hoy de formación, acción y celebración-contemplación, no estamos hablando de tres compartimentos estancos: estamos hablando de una única experiencia de vida cristiana.
Formación para conocer y vivir la fe
La formación cristiana no consiste simplemente en acumular conocimientos religiosos. El documento de identidad de la ACG recuerda que formar significa alcanzar progresivamente un modo de ser, pensar, sentir, actuar y vivir profundamente cristiano, para poner a la persona en comunión con Cristo.
Los 39 mártires son una muestra extraordinaria de que la fe formada puede llegar a convertirse en una convicción profunda. Y, como no es académica, es una formación que está al alcance de toda persona, sea cual sea su edad, situación o condición.
Entre ellos encontramos catequistas, maestros, abogados, trabajadores, estudiantes, madres y padres de familia, profesionales, jóvenes y personas mayores. Algunos impulsaron la formación cristiana de jóvenes obreros; otros enseñaron catecismo; otros crearon centros de formación o trabajaron por la educación cristiana. Luis Campos Gorriz, por ejemplo, impulsó la formación cristiana de jóvenes obreros sobre la doctrina social de la Iglesia, mientras que Encarnación Gil Vall dedicó su vida a educar cristianamente a niños y jóvenes.
La formación, por tanto, no era un añadido a sus vidas. Les ayudaba a descubrir quiénes eran, qué creían y cómo debían responder cristianamente ante las circunstancias concretas de su existencia.
Una fe que no se forma corre el riesgo de diluirse. Pero una formación que no conduce a la vida también corre el riesgo de quedarse en intelectualismo. Precisamente por eso la Acción Católica General está llamada a integrar ambas realidades.
Acción para encarnar el Evangelio
El segundo lado del triángulo que representa a la Acción Católica es la acción.
La Acción Católica entiende su misión desde el fin apostólico de la Iglesia: evangelización, santificación y formación cristiana de las conciencias. Y estos 39 mártires muestran hasta qué punto la fe puede y debe hacerse concreta.
Florencia Caerols hizo de la fábrica su campo de apostolado. José Perpiñá defendía gratuitamente a los pobres. Pascual Torres Lloret defendió siempre la justicia social. Arturo Ros unió familia, trabajo, justicia social y fe. Pablo Meléndez Gonzalo puso su compromiso cristiano al servicio de la vida pública y de los pobres. Otros atendieron enfermos, acogieron perseguidos, acompañaron a jóvenes o trabajaron por la dignidad de los trabajadores.
No fueron cristianos alejados del mundo. Fueron cristianos en el corazón del mundo, como indica el título del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos (IFCA).
Ésta es una de las grandes aportaciones de la espiritualidad laical: descubrir que la familia, el trabajo, la profesión, la cultura, la vida social y las relaciones humanas son lugares donde encontrarse con Dios y donde anunciar el Evangelio.
Pero también aquí aparece el peligro de romper el triángulo. El documento es muy claro: Una Acción Católica General centrada exclusivamente en “hacer”, sin formación ni celebración-contemplación, termina siendo puro activismo.
Celebración-contemplación para que la acción no pierda su fuente
El tercer lado es la contemplación, que incluye la celebración y de la vida sacramental.
La acción cristiana nace del encuentro con Cristo y vuelve continuamente a ese encuentro. No basta hacer muchas cosas por Dios; necesitamos estar con Dios.
Entre los 39 mártires encontramos numerosos testimonios de esta vida interior. Ana María Aranda vivía profundamente la Eucaristía y, durante su prisión, se preparaba para morir rezando diariamente el Rosario. Juan Gonga destacó por su catequesis, ejercicio la caridad con los pobres y en el hospital, y por su profunda vida de oración ante el Sagrario. Crescencia Valls unió oración, catequesis y servicio a los pobres. Mª del Olvido Noguera Albelda fue piadosa y caritativa, jamás llamó un pobre a su puerta que no fuera atendido. Mª Teresa Ferragut Roig, como la madre de los Macabeos, fue inmolada después de sus hijas, a los 83 años de edad.
Aquí encontramos algo esencial: la contemplación no los alejaba de la realidad, al contrario: les daba la fuerza para vivirla cristianamente.
La oración alimentaba la caridad. La Eucaristía fortalecía el compromiso. La vida interior hacía posible el perdón. La contemplación desembocaba en la entrega.
Por eso no podemos hablar de espiritualidad cristiana sin hablar de vida concreta.
Cuando los tres lados se encuentran y unen, nace una escuela de santidad
Quizá aquí se encuentre una de las claves más importantes para comprender este XXV Aniversario.
La ACG no está llamada simplemente a formar buenos cristianos que sepan muchas cosas, ni a reunir personas muy activas, ni a crear grupos con una intensa vida espiritual pero desconectados de la realidad.
Está llamada a formar discípulos misioneros capaces de integrar fe y vida.
El documento de identidad de la ACG lo expresa con una imagen especialmente significativa: la ACG está llamada a ser «escuela de formación», «escuela de acción» y «escuela de santidad».
Las tres expresiones no compiten entre sí. Se necesitan mutuamente. La celebración-contemplación se complementa con la formación; la formación impulsa la acción; la acción concreta la fe y lleva de nuevo a la celebración-contemplación, vuelve a llevarlo todo a Cristo. Y así se genera una dinámica de vida que puede conducir a la santidad.
San Juan Pablo II lo vio con extraordinaria claridad. En su mensaje a la Acción Católica Italiana de 2003 afirmó que la Iglesia necesita laicos que hayan encontrado en la Acción Católica «una escuela de santidad», donde aprendan a vivir la radicalidad del Evangelio en la normalidad diaria. Y señalaba precisamente como referencia a los beatos surgidos de entre sus miembros.
Como escribió el Papa Francisco en “Gaudete et exsultate” (7) sobre la santidad en el mundo actual: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: en los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquéllos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios”.
No es una santidad reservada a unos pocos ni separada de la vida cotidiana. Es la santidad de quien descubre a Cristo en las circunstancias ordinarias y decide vivirlas desde el Evangelio.
Los mártires: una escuela de santidad hecha vida
“Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada sólo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra” (GE 14).
Los mártires de AC nos muestran que la santidad puede crecer en una familia, en una fábrica, en una escuela, en una universidad, en una profesión cualquiera, en una parroquia, en el compromiso social y en el servicio a los pobres.
Nos muestran también que la santidad no consiste en realizar alguna cosa extraordinaria, sino en permitir que Cristo transforme toda la existencia.
Hay una sorprendente variedad de historias entre estos mártires, pero aparece un denominador común: fe, oración, formación, servicio, apostolado, caridad, compromiso y fidelidad.
No encontramos en ellos tres dimensiones de vida diferentes —una para la oración, otra para el trabajo y otra para el apostolado—, sino una única vida cristiana. Una vida integrada. Una vida con forma de triángulo. Y, por eso, una vida de santidad.
Veinticinco años después, la historia se hace llamada
San Juan Pablo II invitaba a la Acción Católica a mirar su historia no como un museo, sino como una historia capaz de hacerse profecía. En 2003 animaba a releer su pasado para distinguir aquello que era fruto del tiempo de aquello que era don del Espíritu y que llevaba consigo «los gérmenes de un futuro nuevo».
Los 39 mártires de AC forman parte de esa historia capaz de hacerse profecía. Por eso, la mejor manera de honrar su memoria no consiste solamente en recordarlos, sino en dejar que su testimonio nos cuestione y nos impulse como Acción Católica General.
Celebrar los veinticinco años de aquella beatificación es una oportunidad para preguntarnos si estamos cuidando realmente los tres lados de nuestro propio triángulo.
¿Estamos formando cristianos maduros, conscientes y comprometidos?
¿Estamos ayudándoles a llevar el Evangelio a sus ambientes, a la familia, al trabajo, a la cultura y a la vida social?
¿Estamos creando espacios auténticos de oración, contemplación, celebración y encuentro con Jesucristo?
En resumen: ¿Queremos ser una Acción Católica General que forme, que evangelice y que ore?
La respuesta afirmativa pasa por integrar las tres dimensiones: la formación, la acción y la celebración-contemplación. Una formación en los Equipos de Vida, para hacerla vida. Una acción que lleva a la oración. Una celebración-contemplación que busca fortalecerse con la formación y de nuevo somos enviados al mundo. Eso es lo que significa vivir la identidad de la ACG.
Y entonces la memoria de los mártires deja de ser solamente memoria. Se convierte en semilla. En llamada. En camino. En futuro. En escuela de santidad.
La celebración de este XXV Aniversario de su beatificación es una invitación a vivir hoy, con la misma radicalidad y con nuevas formas, aquello que ellos vivieron hasta el final: una vida enteramente de Cristo, enteramente para los demás y enteramente entregada al Evangelio.
José Manuel Marhuenda Salazar
Consiliario Diocesano de ACG