Seducido

VER:
Seducir consiste en inducir o atraer a una persona hacia alguien o algo, utilizando diferentes recursos y artimañas para ello. Aunque la seducción se produce en muchos ámbitos, es en lo referente al amor donde más podemos constatarlo, siendo un tema clásico en la literatura y en el cine: una persona se ve seducida por otra, y su vida da un vuelco. Unas veces, esa seducción termina bien, porque ha servido para conocer al amor de su vida; pero otras veces, la seducción ciega a la persona, que toma decisiones erróneas y acaba echando a perder su vida.
JUZGAR:
La seducción también forma parte del proceso de fe. Aunque, lamentablemente, muchos miembros de la Iglesia lo son por ‘herencia’, porque sus familias siempre han sido católicas, otros han llegado a la Iglesia como fruto de una seducción, que sintieron al formar parte de un grupo, o en un encuentro o jornada, o una oración o celebración, o al ver el testimonio de personas creyentes… Así conocieron a Jesucristo, se sintieron seducidos y arrebatados por lo que estaban experimentando, y eso les llevó a dar un vuelco a su vida y a empezar a caminar como cristianos.
Pero, igual que ocurre en el amor humano, si no se dan los pasos adecuados, esta seducción inicial por Jesucristo puede acabar bien, o puede acabar mal, y en la Palabra de Dios hemos escuchado dos ejemplos de seducción por parte de Dios, que parece que acaban mal.
En la 1ª lectura, el profeta Jeremías se lamentaba: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir…” Jeremías había experimentado con fuerza la llamada de Dios: “Antes de formarte en el vientre, te elegí… Yo estoy contigo para librarte… Voy a poner mis palabras en tu boca… No les tengas miedo…” (cfr. Jer 1, 4-19) Esta llamada le arrebató y se puso a profetizar, pero después se da cuenta de lo que supone ser profeta: “He sido a diario el hazmerreír… La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario…” Y se arrepiente de haberse dejado llevar: “Pensé en olvidarme del asunto”.
En el Evangelio, Pedro también se había visto seducido por Jesús cuando lo llamó: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Pedro se sintió arrebatado y empezó a seguir a Jesús. Como vimos el domingo pasado, incluso recibió elogios por parte de Él: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Te daré las llaves del Reino de los cielos”. Pero hoy, al escuchar a Jesús, que “comenzó a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho…” se da cuenta de lo que supone seguirle y lo rechaza: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor! ¡Eso no puede pasarte!”, lo que provoca una fuerte reprimenda por parte de Jesús: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Porque tú piensas como los hombres, no como Dios”.
La Palabra de Dios hoy nos previene del peligro de ‘dejarnos seducir’ por los aspectos más ‘bonitos’ o gratificantes de la fe en Jesucristo, sin tener en cuenta la cruz. Como indicó la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe en su documento sobre el papel de las emociones en el acto de fe (3-4), «han surgido muchos movimientos y asociaciones eclesiales en los cuales tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un primer ‘impacto’ en la persona y conducen a la conversión y a la adhesión a Cristo. Sin embargo, existe el riesgo de un reduccionismo ‘emotivista’ de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras de la complacencia del sentimiento espiritual».
Y así, cuando esa complacencia deja de darse, se dan cuenta de lo que supone de verdad ser cristianos y ya no están dispuestos a asumir «la configuración de la vida con el Señor, el discipulado en la Iglesia y el apostolado como testigos de Cristo muerto y resucitado en medio del mundo». Y, como Jeremías, se arrepienten de haberse dejado seducir, y como Pedro, rechazan lo que supone ser de verdad cristianos.
ACTUAR:
Es bueno que nos sintamos seducidos por Jesús, pero tras ese arrebato inicial hay continuar con el proceso de fe. Hemos de aprender a “pensar como Dios”, no tanto queriendo entender su ‘lógica’, sino practicándola en lo cotidiano: negarse uno mismo, tomar la cruz, perder la vida… Como decía san Pablo, presentar nuestros cuerpos como “sacrificio vivo”, no amoldarnos a este mundo, renovar nuestra mente, aprender a discernir cuál es la voluntad de Dios… Todo en hechos concretos.
En definitiva, «el seguidor de Jesús es el creyente que se enamora y se deja seducir por Jesucristo, por lo tanto vive una interpresencia con Él que lo invade todo y como consecuencia vive entregado plenamente a la causa del Señor» (ACG Llamados por la gracia de Cristo-9), aunque tenga que tomar su cruz e incluso ‘perder la propia vida’.
Descargar Estudio de Evangelio