La promesa de Dios

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Una promesa es algo muy serio, porque expresa la firma voluntad de la persona de dar o hacer algo. Para que esta promesa tenga valor, la persona que la hace ha de ser merecedora de confianza, para tener la certeza de que cumplirá lo prometido. Son muchas las ocasiones de nuestra vida en la que encontramos promesas: desde lo más cotidiano (“prometo ser puntual”, “prometo estudiar”) hasta los temas más serios, como antes de asumir un cargo importante (“prometo cumplir…”). En nuestra vida de fe también aparecen a menudo las promesas: en la Vigilia Pascual renovamos las promesas bautismales, en el Sacramento del Matrimonio (“prometo serte fiel…”) y en la ordenación diaconal y presbiteral el Obispo pregunta: (“¿Prometes… observar el celibato…?” “¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores”?) Y se responde: “Prometo”.
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