La Sagrada Familia es el nombre que ha sido dado a la familia formada por Jesús, María y José: se trata de un hogar sencillo y modesto de Nazaret, rebosante de amor infinito, y que, al ver crecer a Cristo, representa a la familia terrenal del Hijo de Dios. De hecho, desde hace varios siglos, los católicos de todo el mundo han manifestado una devoción muy especial hacia este lugar sagrado, que acogió y vio crecer a Dios hecho Hombre en la Persona de Jesús. Esta devoción ha llegado a ser tan grande, que en la actualidad, más concretamente el domingo después de Navidad, (este año se celebrará el viernes 30 de diciembre al coincidir el segundo domingo con María, Madre de Dios), se rinde homenaje a la Sagrada Familia mediante una gran fiesta.
Sin duda alguna, la Sagrada Familia representa un modelo para todas las familias del mundo, por lo que incluso el propio Papa Francisco nos anima a rezarle y contemplar sus virtudes. A propósito, en su encíclica Amoris Laetitia, el Papa le dirigió una bella oración, que nos permite confiar nuestras familias al amor infinito de Jesús, María y José, creyendo que las enseñanzas de esta familia judía, que vivió hace más de 20 siglos, son universales y se mantienen vigentes a pesar del tiempo.
A decir verdad, todos sabemos que nuestras familias están llamadas a ser remansos de amor y paz, sin embargo, también sabemos que en nuestra vida cotidiana pueden surgir heridas, tensiones e incomprensiones, al momento de relacionarnos con nuestros padres, hijos, hermanos y demás familiares. Por esta razón, la Sagrada Familia nos enseña a vivir un amor santo, que no tiene por objetivo controlar ni poseer al otro, sino que busca ver a la otra persona como un ser único y libre, deseado por Dios, permitiéndole desarrollarse como tal.
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