Existen miles de razones para atreverse a empujar y abrir la puerta de una iglesia, y ¡todas son absolutamente válidas, porque nos conducen a Dios!… Por cierto, algunas veces, cuando es posible logísticamente hablando, muchas parroquias dejan sus puertas abiertas todo el día, para invitar a cada persona que pasa a salir de su rutina, y detenerse a experimentar un momento de descanso durante su jornada.
Contrariamente a lo que se cree, una iglesia no sólo funciona durante las misas o celebraciones, incluso si estos momentos la hacen resplandecer de manera especial. Además, aunque este es el lugar preferido para rezar en comunidad (durante las misas, sesiones de adoración eucarística, rezos del rosario organizados por la parroquia, etc.) no debemos olvidar que también se alimenta y construye con nuestras oraciones personales: de hecho, la Iglesia se va formando con esos pequeños momentos que sacamos de nuestra rutina diaria, con las penas, alegrías o esperanzas que los hombres y mujeres han ido dejando al pie de la cruz a lo largo de los años, o incluso de los siglos…
Tampoco podemos olvidar lo más importante: ¡la iglesia es el lugar de su presencia!: Él siempre está ahí, a la vez discreto y hermosamente resplandeciente, como lo dijo el Papa Francisco: “Jesús está con nosotros, ¡hoy! Esta es la belleza de la Iglesia: la presencia de Jesucristo entre nosotros” (Papa Francisco, 16 de octubre de 2013) Sigue leyendo









