Simplificar

VER:
Una persona tenía que hacer una gestión con su Ayuntamiento, y le indicaron que podía hacerlo por internet. Cuando se puso a hacer los trámites, se encontró con un montón enlaces posibles, de terminología y vocabulario que no entendía, de requisitos, de normativas a tener en cuenta… y se vio perdida y no pudo realizar la gestión; tuvo que pedir cita presencial para que un funcionario le indicase en persona lo que debía hacer. Y esta persona decía: ‘Dicen que sí, pero no es nada fácil hacer los trámites por internet. Deberían simplificarlo porque una persona normal no se aclara’.
JUZGAR:
Esta situación también se reproduce en lo referente a la fe, tanto para los católicos ‘de toda la vida’ como, sobre todo, para quienes, en el actual cambio de época, están recibiendo el Primer Anuncio y conociendo al Señor y a la Iglesia. Con la mejor intención, corremos el peligro de mostrarles y que se encuentren con un conjunto de mandamientos, leyes, normas morales… que efectivamente son constitutivas de la vida de fe, pero que pueden abrumar a quienes dan sus primeros pasos en la fe.
Esto ya ocurría en tiempos de Jesús, y lo hemos visto reflejado en el Evangelio, cuando “un doctor de la ley le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?»” La Ley de Moisés contenía un total de 613 preceptos, que afectaban aspectos morales, civiles, alimenticios, ceremoniales… formando una maraña tal, que la mayoría de la gente no podía recordarlos ni tampoco cumplirlos en el desarrollo normal de sus vidas. Aunque el fariseo pregunta a Jesús con mala intención, para poder acusarlo si dejaba fuera algún precepto considerado importante, en realidad él también ve necesario una simplificación para que la Ley no sea algo inasumible.
El Papa Francisco ya dijo en ‘Evangelii gaudium’ que «en el mundo de hoy el mensaje que anunciamos corre el riesgo de aparecer mutilado y reducido a algunos de sus aspectos secundarios. El problema mayor se produce cuando el mensaje que anunciamos aparece entonces identificado con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser importantes, por sí solos no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo. Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión de una multitud de doctrinas. El anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad». (34-35)
Y simplificar es lo que hace Jesús con su respuesta: “«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas”.
Jesús ha logrado una formulación simple, fácil de recordar, y que, cuando se reflexiona, ofrece posibilidades para llevarla a la práctica en la vida cotidiana por cualquier persona:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...” ¿Amo a Dios, o tengo con Él otro tipo de relación? ¿Qué lugar ocupa en mi vida? ¿Cómo es mi oración? ¿La Eucaristía es el centro de mi vida cristiana?
“Amarás a tu prójimo...” Respecto a los prójimos más ‘próximos’ (familia, amigos…): ¿Los amo verdaderamente? ¿Cómo lo demuestro? ¿Hay alguien con quien tenga problemas serios? Respecto a otros prójimos: ¿Me siento afectado por las circunstancias negativas que viven muchas personas, o me quedo indiferente? ¿Llevo a cabo algún compromiso, en el ámbito de la Iglesia o fuera de ella, para ayudar a quienes se encuentran en situaciones de necesidad, del tipo que sean?
“…como a ti mismo”. ¿Me amo verdaderamente a mí mismo, o caigo en el egoísmo o en la baja autoestima? ¿Cuido mi salud física, mental y espiritual? ¿Busco seguir creciendo y madurando?
ACTUAR:
Con la simplificación que ha hecho Jesús, podemos poner nombre y rostro a personas y situaciones para adoptar compromisos concretos, posibles y revisables, de modo similar a lo que el Señor ya había propuesto a su pueblo y hemos escuchado en la 1ª lectura, al hablar del trato concreto a emigrantes, a viudas y huérfanos, a los pobres… Pero demasiadas veces somos nosotros los que, con buena intención, complicamos las cosas y acabamos enredándonos y perdiéndonos en una maraña normas, mandamientos, costumbres, cánones… que dificultan que la fe ilumine realmente la vida.
Aprendamos de Jesús a simplificar, sin perder fidelidad, para que sepamos vivir, mostrar y proponer el núcleo esencial del Evangelio. Y «en este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado». (EG 36)
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