Invitados (sinceros ) a la boda

VER:
Cuando nos invitan a una boda, ¿cuál es nuestra primera reacción? A no ser que tengamos una especial relación con los contrayentes, la mayoría de las veces la primera reacción suele ser de contrariedad, porque nos supone salir de nuestros horarios, nuestros intereses… Miramos la agenda para ver si ese día ya teníamos algún compromiso y, si es así, tenemos que decidir qué vamos a priorizar. También pensamos qué nos vamos a poner ese día, si tenemos o no ropa adecuada. Y, si a todo esto añadimos el gasto que va a suponernos, la contrariedad va en aumento. Pero, si no podemos excusar nuestra asistencia, asumimos todo eso y, ese día, acabamos pasándolo muy bien.
JUZGAR:
En tiempo de Jesús, la celebración de una boda era algo muy importante. Era una de las ocasiones más alegres en la vida judía, y todas las celebraciones que la rodeaban podían durar hasta una semana. Jesús utiliza esta experiencia conocida por todos para hablarnos del Reino de Dios, que es fiesta, comunión, felicidad. El Reino es como un banquete con muchos ‘platos’ buenos, como decía la 1ª lectura: “Preparará el Señor del universo para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados”. Dios nos ofrece lo mejor de lo mejor para nuestra felicidad.
Jesús sigue invitándonos a todos a la ‘boda’ del Reino, que ya desde ahora podemos comenzar a celebrar, y en la cual encontramos diferentes ‘platos’: oraciones, retiros, Equipos de Vida, actividades… y, por supuesto, el ‘plato fuerte’, la Eucaristía. Todo ello muy bueno, para que vivir como cristianos sea como un festín, y no como un funeral.
Hoy la Palabra de Dios nos invita a preguntarnos: ¿Cuál es nuestra reacción cuando recibimos la invitación a participar en esta ‘boda’? Seamos sinceros: salvo excepciones, nuestra primera reacción es la contrariedad, porque nuestra tendencia habitual es hacer ‘nuestros’ planes y horarios y, después, introducir ahí ‘las cosas de Dios’. Y cuando se nos propone participar en los Equipos, celebraciones, actividades… sentimos que todo eso choca con lo que nosotros ya tenemos organizado, y hacemos como los primeros invitados de la parábola: “ellos no hicieron caso”. Ni nos planteamos participar.
Quizá no rechacemos de primeras la invitación, y miramos qué día y hora será cada una de esas celebraciones y actividades que nos han propuesto… Si ‘no tenemos nada’ ese día y hora, a lo mejor participamos; pero si ya tenemos algo, hemos de decidir qué vamos a priorizar; y, sigamos siendo sinceros, muchas veces hacemos como los primeros invitados: “uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios…” Ponemos excusas; a veces habrá algo que de verdad no podemos posponer, pero (continuemos con la sinceridad) la mayoría de las veces es falta de interés y de ganas.
En nuestra decisión de participar o no en la ‘boda’ a la que Jesús nos invita también pesa lo que nos va a costar… No ya económicamente (aunque este anticipo del Reino que es la Iglesia, la parroquia, somos todos y entre todos debemos sustentarla económicamente), sino el ‘coste personal’: estar dispuesto a dar, gratuitamente, mi tiempo, a poner a disposición de los demás mis capacidades. Y asumir un compromiso (seguimos con la sinceridad) nos cuesta mucho más que dar algo de dinero.
Y no se nos tiene que olvidar algo: si hemos aceptado la invitación a la boda… ¿Qué nos ponemos? ¿Cómo nos ‘vestimos’? El ‘traje de fiesta’ nos lo ha dado Dios desde nuestro Bautismo: ‘El amor de Dios derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado’. La conciencia de este amor es el ‘traje de fiesta’ que nos hace vivir «la alegría del Evangelio que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Evangelii gaudium 1), aunque estemos atravesando situaciones de dolor. Pero (la sinceridad continúa) nos cuesta ponernos este ‘traje de fiesta’, no sentimos alegría por haber sido invitados a participar en esta ‘boda’ porque de diferentes formas “hemos abandonado el amor primero” (cfr. Ap 2, 4) y nos fallan la fe y la esperanza y, por tanto, el deseo verdadero del Reino.
ACTUAR:
Hoy Jesús vuelve a traernos la invitación para la ‘boda’ del Reino de Dios. Seamos invitados sinceros: ¿Cómo reaccionamos? Ojalá le respondamos aceptando su invitación, no por compromiso ni por miedo, sino con alegría, poniéndonos ya desde ahora el ‘traje de fiesta’ que Él mismo nos ha regalado, porque queremos vivir un día la plenitud del amor de Dios en la fiesta del Reino.
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