Romper el círculo de la violencia

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Desde hace años estamos asistiendo a guerras entre países y pueblos: algunas son conocidas, otras forman parte de esos ‘conflictos olvidados’ que ya no aparecen en las noticias. Y al ver el nivel de destrucción y de barbarie a la que se llega, es inevitable pensar que, aunque llegue la deseada paz, será muy difícil que las heridas provocadas lleguen a superarse, porque hay una gran acumulación de odio y resentimiento, y es muy probable que, con el tiempo, vuelvan a desatarse los enfrentamientos. Esto también se reproduce a un nivel más cercano: personas enfrentadas con otras, familias con otras familias, por causas que quizá ya nadie recuerda, pero que se perpetúan.
JUZGAR:
Ante esta situación, surge la pregunta: ¿Cómo romper ese círculo interminable de la violencia? Porque humanamente comprobamos que resulta imposible: tanto a nivel internacional como a nivel personal, cada una de las partes enfrentadas seguro que aduce muchas razones para justificar su posición y continuar su lucha, y quizá en algún caso esas razones sean ciertas. Pero con el enfrentamiento continuo sólo se consigue aumentar el dolor, la muerte y la destrucción.
El único camino para que la paz no sea solamente ‘ausencia de guerra’ basada en el temor a la destrucción mutua, sino una verdadera reconciliación, es el que nos ofrece la Palabra de Dios. Y ese camino de la paz lo debemos empezar a recorrer en nuestro ambiente más cercano.
La pregunta de Pedro a Jesús: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”, recoge una experiencia muy comprensible: en principio, como cristianos, estamos dispuestos a perdonar, pero llega un momento en que nos cansamos y tenemos ganas de decir ‘basta’.
Para ser capaces de perdonar, Jesús no niega las razones que podamos tener contra el otro, ni nos dice que nos olvidemos de lo que nos ha hecho, sino que nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos, mediante la parábola ‘del siervo sin entrañas’, dejándonos cuestionar de verdad por ella, y por esa pregunta que el rey dirige al criado: “Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Como hemos dicho muchas veces, con Dios no hay que ser piadosos, hay que ser sinceros. Y, si somos sinceros con el Señor, recordaremos las innumerables veces que Él nos ha perdonado, quizá pecados graves, que nunca hubiéramos podido ‘pagar’, y nos ha permitido poder seguir adelante. Cuando, a nivel personal, tenemos dificultades para perdonar a alguien, el primer paso en el camino del perdón es la oración, y el primer momento en esa oración es recordar esta parábola, uniéndola a la 1ª lectura que hemos escuchado. Merece la pena meditarla y dejarnos interpelar en profundidad por ella, y desde ahí iremos avanzando hacia ese “setenta veces siete” que propone Jesús.
Y lo que cada uno hacemos individualmente adquiere mayor fuerza como miembros del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. El Señor cuenta con nosotros para que, como Iglesia, vivamos y generemos una ‘cultura de la paz’ que se vaya extendiendo. Hoy también podemos meditar el texto de la Plegaria Eucarística de la Reconciliación II, como una llamada a la corresponsabilidad en el camino de la paz: «Pues en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, sabemos que Tú diriges los ánimos para que se dispongan a la reconciliación. Por tu Espíritu mueves los corazones para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano, los pueblos busquen la concordia. Con tu acción eficaz consigues, Señor, que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo».
ACTUAR:
En el ‘Padre nuestro’ decimos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Las guerras y enfrentamientos sólo producen dolor, muerte y destrucción. El Señor cuenta con nosotros para que, individualmente y como Iglesia, rompamos el círculo de la violencia, y esto sólo lo lograremos por Cristo, con Él y en Él, desde su presencia real en la Eucaristía: «Él es la Palabra de salvación para los hombres, la mano que tiendes a los pecadores, el camino que nos conduce a tu paz. Cuando nos habíamos apartado de ti por nuestros pecados, Señor, nos reconciliaste contigo, para que, convertidos a Ti, nos amáramos unos a otros por tu Hijo. Te pedimos humildemente, Padre Santo, que nos aceptes también a nosotros, juntamente con tu Hijo, y en este banquete salvífico concédenos el mismo Espíritu, que haga desaparecer toda enemistad entre nosotros. Que este Espíritu haga de tu Iglesia signo de unidad e instrumento de tu paz entre los hombres».