En las horas oscuras

VER:
Todos los que hemos cuidado a enfermos ingresados en un hospital sabemos que la noche se hace muy larga. Hay unas horas de la madrugada que parecen las más oscuras: parece que los minutos no avanzan, el cansancio nos pesa, nos sentimos más vulnerables y la cabeza se nos dispara y nos vienen muchos pensamientos negativos, que nos resulta difícil rechazar. Esta experiencia se da también en otros aspectos de nuestra vida: hay ‘horas oscuras’, situaciones difíciles que se hacen muy largas, para las que no se ve una salida, y el cansancio y la desesperanza van en aumento.
JUZGAR:
Hemos escuchado en el Evangelio: “Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca… La barca iba muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. Y era a la cuarta vela de la noche…” entre las 3 y las 6 de la madrugada, las ‘horas más oscuras’ de la noche.
Este pasaje refleja la experiencia de las ‘horas oscuras’. Como los discípulos, vamos ‘navegando’ en la barca de nuestra vida, una vida en la que la fe está presente, pero en un momento dado nos llegan las ‘horas oscuras’: problemas, incertidumbres, amenazas… de muchos tipos. Y nos sentimos también sacudidos, inseguros, todo se tambalea… Unas veces, mal que bien, vamos capeando el temporal; pero otras veces, como Pedro, sentimos mucho miedo y que nos hundimos.
En esas ‘horas oscuras’ es donde debemos escuchar, una vez más, las palabras de Jesús: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?” No como una riña o reproche, sino como una invitación a la reflexión.
Quizá seguimos manteniendo la idea de que la fe cristiana es una especie de ‘seguro a todo riesgo’, y que, si por nuestra parte cumplimos lo estipulado (oración, Eucaristía, comportamiento moral…) nos vamos a ver protegidos de problemas, incertidumbres y amenazas. Y por eso, cuando nos llegan las ‘horas oscuras’, sentimos miedo, porque se nos olvida que, aunque seamos cristianos, sufrimos como los demás todos los sinsabores que la vida nos presenta.
Quizá es que decimos que tenemos fe, pero en realidad no nos fiamos verdaderamente de Jesús. Le pedimos que ‘nos ayude’ en nuestros planes y proyectos, pero seguimos apoyándonos sobre todo en nuestras propias fuerzas y capacidades, y por eso, cuando en las ‘horas oscuras’ nos faltan las fuerzas y nos vemos impotentes ante las circunstancias, sentimos que nos hundimos.
Pero en la Palabra de Dios, el tramo final de la noche, la cuarta vigilia, las horas más oscuras, es considerado un tiempo de intervención divina. Así le ocurrió a Jacob en su lucha con el ángel, cuando recibió su bendición (cfr. Gn 32, 25ss); o el paso del pueblo de Israel por el Mar Rojo (cfr. Ex 14, 20ss); y, como hemos escuchado hoy, es el momento en el que “Jesús se acercó andando sobre el mar, y les dijo enseguida: «¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!»” Y extendió la mano y agarró a Pedro.
Hoy el Señor nos recuerda que, en nuestras ‘horas oscuras’, Él viene a nosotros; que, como escuchábamos el domingo pasado, nada ni nadie “podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8, 37-39), y que nos acompaña y extiende la mano para sostenernos. Pero hemos de aprender a fiarnos verdaderamente de Él.
Como dijo el Papa Benedicto XVI en ‘Dios es amor’ 1: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». La fe cristiana nos es simplemente ‘algo que se cree’: es una relación personal con Jesús y, como toda relación, necesita cuidarse, alimentarse, y vivirla en todas las etapas de nuestra vida, en las horas de bonanza y en las ‘horas oscuras’ de los sufrimientos.
ACTUAR:
¿He vivido o estoy viviendo ‘horas oscuras’? ¿Me ayuda la fe en Jesús, o siento que me hundo?
Es normal que, aunque tenemos fe, ante las adversidades sintamos muchas dudas. La fe se vive en un claro-oscuro, del cual ni la Virgen María se vio libre, por eso ‘meditaba estas cosas en su corazón’. Necesitamos cuidar la oración como diálogo con el Señor, y vivir la Eucaristía dominical como un verdadero encuentro con el Señor. Él nos dice a cada uno: ‘Ven’, y se acerca en su Palabra, y nos tiende su mano con su Cuerpo y Sangre, para que, aunque estemos en las ‘’horas más oscuras’, podamos postrarnos ante Él y decir con verdadera fe: “Realmente eres Hijo de Dios”.