Despedida de Jesús

VER:
En la literatura y el cine abundan los finales en los cuales hay una despedida: por ejemplo, la saga de ‘El Señor de los Anillos’, ‘Casablanca’ o ‘E.T. el extraterrestre’. En estas despedidas se entremezclan, por una parte, la tristeza por la separación, pero también la alegría porque se sabe que esa despedida es necesaria y, aunque duela, es lo mejor: Frodo (‘El Señor de los Anillos’), si no se va, no curará de la herida interior que le ha provocado ser portador del Anillo; Ilsa (‘Casablanca’), si no se va, será atrapada por los nazis; y E. T., si no se va, será atrapado para hacer investigaciones con él. Quienes se quedan, lloran, pero saben que esos a quienes aman deben marcharse. Y seguramente los adultos hemos vivido más de una separación de este tipo, con tristeza y alegría a la vez.
JUZGAR:
Hoy estamos celebrando la Ascensión del Señor, que es su despedida. Como hemos escuchado en la 1ª lectura: “Jesús… después de haber dado instrucciones a los apóstoles… fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista”. Como en toda despedida, hay un elemento de tristeza: “Miraban fijos al cielo, mientras Él se iba marchando…” No nos extraña que se queden “plantados mirando al cielo”, como señalan los “dos hombres vestidos de blanco” que se presentaron. A nosotros, en su situación, nos hubiera pasado lo mismo.
Pero también hay un elemento de alegría, como ha dicho Jesús en el Evangelio: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. Pero esto no es una frase hecha, del estilo de las que solemos decir nosotros: ‘Viviré en tu corazón y en tus pensamientos’. Es una promesa real que Jesús va a cumplir: “Vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días”. El Espíritu Santo que el Padre y el Hijo nos envían es quien asegura esa presencia constante de Jesús con nosotros.
Y por eso, a diferencia de esas despedidas que hemos visto en esos libros y películas, en la despedida de Jesús brilla la esperanza, porque el reencuentro está asegurado. Así lo hemos escuchado en la 1ª lectura: “El mismo Jesús, que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo”. Y, como diremos después en el Prefacio: «No se ha ido para desentenderse de nuestra pobreza, sino que nos precede el primero como cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino». Es bueno que Jesús se vaya porque, como tantas veces hemos dicho durante la celebración del Jubileo, «nosotros tenemos la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirigen hacia un punto ciego o un abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con el Señor de la gloria». (Bula, 19)
Por eso, la celebración de la Ascensión del Señor, de su despedida, no es para quedarnos “plantados mirando al cielo”, sino que, por esa promesa de su presencia constante y por esa esperanza en el reencuentro definitivo, hemos de acoger su llamada: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Todos los que hemos sido bautizados con Espíritu Santo somos discípulos misioneros, como dijimos el domingo pasado. Dios cuenta con todos nosotros porque, como nos recuerda el temario de reflexión sobre las futuras orientaciones pastorales diocesanas: «Hace unos años la religión se transmitía en la familia, la escuela y el barrio. Actualmente vivimos en una sociedad en la que la religión es considerada una elección más de los individuos, en aras de conseguir lo que todos buscamos: una vida feliz. Es por ello por lo que los católicos hemos de dar un testimonio alegre de nuestra fe. En primer lugar, en nuestra familia, lugar en el que nace la fe. En segundo lugar, hemos de dar testimonio en el trabajo, para que nuestra vida profesional se torne en una oportunidad de evangelizar. Finalmente, hemos de dar el primer anuncio en aquellos espacios y encuentros informales: en un café, en momentos cotidianos, cuando vamos paseando o cuando nos comunicamos a través de medios digitales». (Tema 5)
ACTUAR:
¿He vivido alguna despedida con esa mezcla de tristeza y alegría? ¿Qué significa para mi vida cotidiana la Ascensión del Señor? ¿La esperanza en el reencuentro con Él me ayuda en el presente?
El tiempo de Pascua está llegando a su fin, pero nosotros debemos vivir la Pascua todo el año. Por eso, hagamos nuestra la petición de la 2ª lectura: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros”. Así, sabiendo que está con nosotros por su Espíritu, viviremos como discípulos y apóstoles enseñando a guardar lo que Él nos ha enseñado, «con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino».