Desarmar el corazón

VER:
Este primer día del año, en muchos países, suele estar marcado por la resaca de los festejos de Nochevieja, suele ser un día tranquilo, como ‘apagado’. Hoy celebramos la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, la fiesta más importante de María y la más antigua de la liturgia romana; y también se celebra la Jornada Mundial de la Paz, este año con el título: “PERDONA NUESTRAS OFENSAS, CONCÉDENOS LA PAZ”. En muchos países continúan las guerras y conflictos, con su carga de muertes y el aumento de inmigrantes y refugiados que se ven obligados a huir de esos países. Pero como esto no nos toca ‘de cerca’, no lo pensamos ni nos sentimos implicados. Sin embargo, el Papa Francisco ha dicho en su Mensaje: «Cada uno de nosotros debe sentirse responsable de algún modo por la devastación a la que está sometida nuestra casa común, empezando por esas acciones que, aunque sólo sea indirectamente, alimentan los conflictos que están azotando la humanidad. Al comienzo de este año queremos ponernos a la escucha de este grito de la humanidad para que todos, juntos y personalmente, nos sintamos llamados a romper las cadenas de la injusticia y, así, proclamar la justicia de Dios».
JUZGAR:
En la 1ª lectura hemos escuchado la mejor felicitación de año nuevo: “El Señor te bendiga y te proteja… te muestre su rostro y te conceda la paz”. Además, hemos iniciado el Jubileo, que «se remonta a una antigua tradición judía, cuando el sonido de un cuerno de carnero anunciaba, cada cuarenta y nueve años, uno de clemencia y liberación para todo el pueblo. Al comienzo de este Año de gracia, en lugar del cuerno nosotros quisiéramos ponernos a la escucha del grito desesperado de auxilio que se eleva desde muchas partes de la tierra, y que Dios nunca deja de escuchar». Este Jubileo tiene por lema “Peregrinos de esperanza”, por eso, «al inicio de este nuevo año que nos da el Padre celestial, tiempo jubilar dedicado a la esperanza, dirijo mi más sincero deseo de paz a toda mujer y hombre, en particular a quien se siente postrado por su propia condición existencial, condenado por sus propios errores, aplastado por el juicio de los otros, y ya no logra divisar ninguna perspectiva para su propia vida. A todos ustedes, esperanza y paz, porque este es un Año de gracia que proviene del Corazón del Redentor».
Para que no quede todo simplemente en buenos deseos, el Papa utiliza una expresión tomada de san Juan XXIII: ‘Desarmar el corazón’. Para realizar este ‘desarme’, debemos tener presente lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: “Ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero”. «Ninguna persona viene al mundo para ser oprimida; somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre». Y en este sentido el Jubileo «nos invita a emprender diversos cambios, para afrontar la actual condición de injusticia y desigualdad, recordándonos que los bienes de la tierra no están destinados sólo a algunos privilegiados, sino a todos».
Para avanzar en este ‘desarme del corazón’, «se necesitan cambios culturales y estructurales, que se realizarán cuando finalmente nos reconozcamos todos hijos del Padre y, ante Él, nos confesemos todos necesarios, necesitados unos de otros, según una lógica de responsabilidad compartida y diversificada».
De ahí que el Papa proponga, para el año nuevo, «tres acciones que puedan restaurar la dignidad en la vida de poblaciones enteras y volver a ponerlas en camino sobre la vía de la esperanza: 1) Que los países ricos condonen las deudas de los países que no están en condiciones de devolver lo que deben. 2) Un compromiso firme para promover el respeto de la dignidad de la vida humana, para que toda persona pueda amar la propia vida y mirar al futuro con esperanza. Y 3) La constitución de un Fondo mundial que elimine definitivamente el hambre y facilite el desarrollo sostenible». Porque «cuando restituyo la vía de la esperanza a una hermana o a un hermano, contribuyo al restablecimiento de la justicia de Dios en esta tierra y me encamino con esta persona hacia la meta de la paz».
ACTUAR:
Pero estas grandes acciones para ‘desarmar el corazón’ no están sólo destinadas a los dirigentes políticos. «El desarme del corazón es un gesto que involucra a todos, a los primeros y a los últimos, a los pequeños y a los grandes, a los ricos y a los pobres. A veces, es suficiente algo sencillo, como una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito. Con estos pequeños-grandes gestos, nos acercamos a la meta de la paz y la alcanzaremos más rápido. La paz no se alcanza sólo con el final de la guerra, sino con el inicio de un mundo nuevo, un mundo en el que nos descubrimos diferentes, más unidos y más hermanos de lo que habíamos imaginado. Que el 2025 sea un año en el que crezca la paz. Busquemos la verdadera paz, que es dada por Dios a un corazón desarmado: un corazón que disipa el egoísmo en la prontitud de ir al encuentro de los demás; un corazón que supera el desaliento por el futuro con la esperanza de que toda persona es un bien para este mundo».
Que María, que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”, nos sirva de modelo para orar y sentirnos implicados por la paz, haciendo nuestras las palabras del Papa: «Señor, concédenos tu paz, esa paz que sólo Tú puedes dar a quien se deja desarmar el corazón, a quien no permanece sordo al grito de los más pobres».