Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía III de Adviento-C

No estamos para alegrías

VER:

Nos vamos acercando a la celebración de la Navidad. Otros años, en estas fechas, ya se vivía un ambiente de anticipación, parecía que la fiesta se palpaba en el aire. Este año se anunciaba una Navidad casi “normal”, pero, sin entrar en detalles, el panorama social, político, económico, institucional, educativo, laboral, medioambiental… unido a los problemas personales, familiares, de salud… dificultan que esta Navidad se viva como otros años. Aunque no se exprese con palabras, en la mayoría de personas hay un sentimiento profundo de que no estamos para alegrías.

JUZGAR:

El tercer domingo de Adviento es conocido tradicionalmente como el “Domingo Gaudete”, Domingo de la alegría, porque la alegría aparece repetidamente en las lecturas: Alégrate es la primera palabra de la 1ª lectura; en el Salmo hemos repetido: Gritad jubilosos; Y San Pablo, en la 2ª lectura, empezaba diciendo: Alegraos… os lo repito, alegraos

Pero, en el contexto personal y social en que estamos, hablar de alegría puede sonar a sarcasmo, o a que efectivamente lo que hacemos es ofrecer, como dijo Karl Marx, “opio al pueblo”, hablando de una felicidad ilusoria cuando la realidad es que la mayor parte de la población no está para alegrías.

Por eso, como la gente preguntaba a Juan, también nosotros preguntamos: ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo hablar de “alegría” en esta situación, para que no parezca un sinsentido?

Este “Domingo Gaudete”, a las puertas de la Navidad, nos llama a descubrir qué es realmente la alegría cristiana, esa alegría que es cierto que “llena el corazón” (EG 1), pero que “no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras”. (EG 6)

La 1ª lectura ha resumido muy bien la razón de la alegría cristiana: El Señor tu Dios está en medio de ti. Y también, como decía San Pablo en la 2ª lectura: El Señor está cerca. La alegría de la que hablamos este domingo es la alegría de saber que Dios se nos da a conocer y se hace cercano, sobre todo en Jesús, su Hijo hecho hombre, cuyo nacimiento nos disponemos a celebrar.

Ésta es la alegría, la “Buena Noticia”, el Evangelio que Juan anunciaba al pueblo y que, como Iglesia, todos debemos seguir anunciando, en toda circunstancia. Como ha dicho el Papa Francisco, “comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias”. (EG 6) Es la alegría que sentimos por la Buena Noticia de que Dios ama especialmente a los pecadores, a los desesperados, a los que sufren, a los descartados, y se hace cercano a ellos en su Hijo hecho hombre, y nos introduce en su amor.

Y la alegría cristiana tiene su culmen en la cruz, porque Cristo se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2, 8). Hasta ahí, hasta el extremo, fue capaz de llegar Dios por amor a nosotros. Por eso, la alegría cristiana no es el “opio del pueblo” y puede proponerse a todos los que, de cualquier forma, están viviendo su propia cruz. Aunque humanamente no estén para alegrías, sí pueden experimentar la alegría cristiana porque Cristo, crucificado y resucitado, como ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella. (Heb 2, 18)

ACTUAR:

¿Pienso que no estamos para alegrías? ¿Qué siento al escuchar en la Palabra de Dios esas llamadas a la alegría? ¿Entiendo el sentido de la alegría cristiana? ¿Vivo esa alegría?

Humanamente es cierto que no estamos para alegrías. Pero la Navidad es la celebración de la unión de lo humano y lo divino, y desde ahí es desde donde tenemos que proponer la alegría cristiana a tantos que no están para alegrías, siguiendo lo que dice el Papa Francisco: “deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás, como una opción personal que nos llena de alegría”. (EG 269) Porque hemos descubierto “que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo”. (EG 266)

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