Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XXVIII del TO-B

«Nuevas riquezas»

VER:

Un dato llamativo es que, a pesar de la pandemia, el número de ricos ha crecido en todo el mundo, y también en España, debido a que los ricos son cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres. Pero la pobreza ya no es solamente carencia de ingresos y de bienes materiales. Desde hace tiempo, se viene hablando de las “nuevas pobrezas”, como son la pobreza humana, pobreza moral y de valores, pobreza afectiva, pobreza cultural y educativa, pobreza ambiental, pobreza social, pobreza religiosa, pobreza de justicia, de derechos, de dignidad… Y, frente a este aumento de las “nuevas pobrezas”, se ha producido también un aumento de las “nuevas riquezas”, que tampoco consisten en unos buenos ingresos o en poseer gran cantidad de bienes materiales.

JUZGAR:

Para ayudarnos a identificar esas “nuevas riquezas”, en el Evangelio hemos escuchado el encuentro de Jesús con un joven muy rico. Además, el joven era buena persona, cumplía los mandamientos desde pequeño, pero a pesar de todo experimentaba una “pobreza” en su vida. Sin embargo, cuando Jesús le dice: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme, el joven frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.

El ejemplo de este joven nos ayuda a descubrir que también nosotros “somos muy ricos”. Y que la pandemia ha provocado que afloren nuevos tipos de riqueza. No de bienes materiales, sino de riquezas de otro tipo, de las que nos cuesta mucho desprendernos y que perjudican a los “pobres”. Y, como la 2ª lectura decía que la Palabra de Dios es viva, vamos a poner ejemplos de nuestra vida:

Mi riqueza es mi comodidad, no hago gran cosa por los demás, y tampoco valoro a “los pobres” que se esfuerzan en atender a quien lo necesita. Eso sí, quiero que estén ahí cuando yo los necesite.

Mi riqueza es mi propio interés, quiero salirme con la mía en lo que sea, exijo atención, derechos… y no me importan “los pobres” a quienes pisoteo o que tienen que aguantar mis exigencias.

Mi riqueza es pasármelo yo bien, y grito por la calle o en el transporte público, organizo fiestas en casa o participo en botellones y no me importan “los pobres” a quienes molesto y perjudico.

Mi riqueza es hacer lo que quiera, y que no venga nadie a decirme cómo tengo que comportarme y qué debo hacer, no acepto ninguna autoridad y que se aguanten “los pobres” que sí respetan las normas de convivencia, de circulación, los valores, las leyes…

Mi riqueza es mi tiempo, no quiero compromisos, y me da igual que “la pobre” comunidad parroquial se quede sin personas que puedan llevar adelante las tareas evangelizadoras.

Podríamos poner más ejemplos de “riquezas” pero, en definitiva, la mayor “nueva riqueza” es el propio “yo”, el egocentrismo, creerme que soy el centro de todo y que todo y todos tienen que estar a mi servicio. Esta “nueva riqueza” va en aumento, y así, como ocurre en el plano económico, los “nuevos ricos” son cada vez más ricos, y los “nuevos pobres” viven cada vez peor.

Pero la Palabra del Señor, que como decía la 2ª lectura es tajante, nos advierte: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! Si yo soy “rico” en egocentrismo, va a ser muy difícil que siga al Señor cada día para poder entrar en su Reino. Pero, como ocurría al joven del Evangelio, seguiré sintiendo una “pobreza”, la mayor pobreza, que es no tener a Dios en mi vida.

ACTUAR:

¿Descubro en mí alguna de las “nuevas riquezas”? ¿De cuál me cuesta más desprenderme? ¿En qué circunstancias, con qué personas, soy egocéntrico? ¿Pienso en las consecuencias que eso tiene para otros “pobres”? ¿Creo que “la mayor pobreza” es no tener a Dios en mi vida?

La llamada del Señor al joven rico continúa vigente hoy para nosotros: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme. En definitiva, se trata de “vender” nuestra “nueva riqueza”, nuestro egocentrismo para que “los pobres” que pagan sus consecuencias salgan beneficiados. Pidamos a Dios, que lo puede todo, empezar a seguir con mayor fidelidad a su Hijo, para así tener el gran tesoro que es ser cristocéntricos, que Cristo sea el centro de nuestra vida, y que eso se manifieste en nuestras palabras y obras, porque ése es el camino para entrar en el Reino de Dios y heredar la vida eterna.

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