Todo se reduce a eso

VER:
Normalmente, en el día a día, dirigimos nuestra atención a muchos temas y actividades que son las que forman el entramado de nuestra vida: la familia, el trabajo, la casa, los hijos, la parroquia, los amigos, nuestras aficiones, los temas de actualidad… Vamos pasando de una cosa a otra, a algunas les damos más importancia que a otras, hacemos planes, incluso puede que nos sintamos algo dispersos con tantas cosas que atender. Pero cuando se produce algún imprevisto, una situación de crisis, eso focaliza nuestra atención, nuestro pensamiento, nuestra acción. De tantas cosas que llenaban nuestra vida, caemos en la cuenta de que todo se reduce a eso que ha ocurrido, que esa circunstancia es lo más importante, y deja en segundo plano todo lo demás.
JUZGAR:
Estamos celebrando el tercer domingo de Pascua, y en el Evangelio hemos escuchado una nueva aparición de Jesús a sus discípulos cuando se encontraban pescando. Hemos visto que Jesús se presentó en la orilla pero los discípulos no sabían que era Jesús. Los discípulos al principio no lo reconocen: la Resurrección de Jesús no es algo que ellos se imaginan, no están predispuestos a ver al Resucitado por todas partes. A Jesús Resucitado lo reconocen al producirse de nuevo el signo de la pesca milagrosa, como el que Jesús realizó al principio de su predicación, cuando les dijo que serían “pescadores de hombres”. Y al ver el signo, ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Ahora sería el momento de recordarles su llamada, de darles instrucciones, el momento de que ellos hicieran proyectos y pensasen cómo iban a organizarse, por dónde empezar… Pero Jesús se limita a preguntar a Simón Pedro: ¿Me amas…? ¿Me quieres?
El hecho de la Resurrección es algo imprevisto que ha cambiado no sólo la vida de los discípulos, sino el curso de la Historia, pero ante ese hecho y sus múltiples implicaciones y consecuencias, todo se reduce a esto: ¿Me amas? ¿Me quieres?
Una pregunta que el Señor Resucitado también nos dirige a nosotros: después de la Semana Santa, cuando ya vamos por el tercer domingo de Pascua, ¿qué le respondemos al Señor? Quizá nuestra respuesta rápida sería también la primera que Pedro le da: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Pero a Jesús Resucitado no le debemos dar una respuesta rápida, como “para quedar bien”, sino una respuesta sincera, de corazón. A Pedro le siguen pesando las veces que negó a Jesús; no es que Jesús quiera echárselo por cara ni que necesite que Pedro le pida perdón; todo lo contrario, es el propio Pedro el que necesita tenerlo presente, y por eso terminó respondiéndole con sinceridad: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Y así es como el Señor, ahora, le puede dar el encargo: Apacienta mis ovejas.
Todo lo que ha sido la predicación de Jesús, todo lo que ha significado su Pasión, Muerte y Resurrección, se reduce a eso: ¿Me amas? La realidad de nuestras debilidades, infidelidades y pecados, el Señor la reduce a eso: ¿Me quieres?
Y nuestra respuesta no ha de ser una larga serie de propósitos de enmienda, de promesas y proyectos. Nuestra respuesta al Señor ha de reducirse también a algo muy simple pero sincero: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Porque sólo apoyándonos en el amor al Señor y confiados en su misericordia podremos “apacentar sus ovejas”, las que Él ponga en nuestro camino.
ACTUAR:
¿Cómo estoy viviendo este tiempo de Pascua? ¿Ha supuesto un cambio para mí? ¿La Resurrección de Jesús marca mi modo de vivir lo cotidiano y mis relaciones con los demás? ¿Amo de verdad al Señor, aun con mis debilidades y pecados? ¿Qué “ovejas” debo apacentar por amor al Señor?
El que primero reconoció al Resucitado fue aquel discípulo que Jesús tanto quería. Al final, todo en la vida de fe se reduce a eso: al amor, porque Dios es amor (1Jn 4, 8). Como dice el Papa Francisco en “Christus vivit” 120: “El amor del Señor es más grande que todas nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces. Pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces como Él quiere escribir esta historia de amor. Abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de las negaciones y nos abraza siempre, siempre, siempre después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie”, porque cuenta con nosotros, como con Pedro, para que, por amor, apacentemos sus ovejas.