Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía de María, Madre de Dios-C

Ser Madre

Madre de Dios

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A veces, alguna representante del llamado mundo del “famoseo” o “celebrities”, al ser entrevistada, ha hecho declaraciones de este estilo: “Me gustaría tener un hijo algún día”, o “Me apetecería tener un hijo”. Este tipo de frases, que también se escuchan en nuestras conversaciones cotidianas, suelo utilizarlas en la formación para mostrar la diferencia entre “tener un hijo” y “ser madre” (o padre). Porque hay una gran diferencia: “tener un hijo” (sobre todo si se enfoca desde el propio gusto o apetencia), queda como algo externo, algo “que se hace”, como otras cosas en la vida; pero “ser madre” implica y conlleva para la mujer un compromiso vital y perenne con su hijo, que no se basa en el propio gusto o apetencia y que va infinitamente más allá del hecho de “tener un hijo”.

JUZGAR:

En este primer día del Año, a los ocho días de la celebración del nacimiento del Hijo de Dios, volvemos la mirada hacia María, celebrándola como “Madre de Dios”. Ella no es simplemente la mujer que “tuvo al Hijo de Dios”, como si fuese un mero cauce físico para que Él pudiera nacer. Como indicó el Concilio Vaticano II en “Lumen Gentium” 56: “María, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús y abrazando la voluntad salvífica de Dios, con generoso corazón… se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo”. María fue, y es, la “Madre de Dios”, con todo lo que eso significa de compromiso vital y perenne con su Hijo y su misión salvadora.

Si hacemos un rápido repaso a lo que conocemos de su vida, María fue Madre de Dios en todo momento, en los gozos, en las incertidumbres y en los dolores que le acarreó su aceptación al Plan de Dios: en el Anuncio de su concepción (Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra –Lc 1, 38–); al presentar a su Hijo en el Templo (y a ti misma una espada te atravesará el corazón –Lc 2, 35–); en la pérdida de Jesús en Jerusalén (Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado angustiados –Lc 2, 48–); en su función educadora durante los años de la vida oculta de Jesús (Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres –Lc 2, 52–); acompañando a Jesús al inicio de su vida pública, y encontrándose desconcertada por sus palabras, como en Caná (La madre de Jesús le dijo: No les queda vino. Jesús le contestó: Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora. –Jn 2, 3-4–) o en Cafarnaún (Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. –Lc 8, 21–); en los duros momentos de su Pasión (Junto a la cruz de Jesús estaban su madre… –Jn 19, 25–); y hasta que fue asunta a los cielos, ya que no podía conocer “la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu Santo, concibió en su seno al autor de la vida” (Prefacio de la Asunción de María).

El lugar que ocupa María en la vida cristiana se debe, ante todo y sobre todo, por ser la Madre de Dios. Por eso la celebramos hoy, como indicó el Papa San Pablo VI en su exhortación apostólica “Marialis cultus” 5: “La Solemnidad de la Maternidad de María, fijada en el día primero de enero, está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa, por la cual merecimos recibir al Autor de la vida”.

Y María, por ser la Madre de Dios y por su cooperación en la obra redentora, es también Madre nuestra: estuvo acompañando a la naciente Iglesia después de la resurrección de Jesús (Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús… –Hch 1, 14–), y “una vez recibida en los cielos… continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión, los dones de la salvación eterna. Con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se debaten entre peligros y angustias hasta que sean llevados a la patria feliz” (LG 62).

ACTUAR:

¿Entiendo la distinción entre “tener hijos” y “ser madre”? ¿Qué me llama más la atención de María como Madre de Dios? ¿Cómo influye la maternidad de María en mi vida de fe?

En este primer día del año, fijemos nuestra mirada en María, la Madre de Dios y Madre nuestra, pidiendo su intercesión, porque como dijo San Pablo VI: “Cristo es el único camino al Padre, pero la Iglesia reconoce que también la piedad a la Santísima Virgen constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana (…) La misión maternal de la Virgen empuja al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquélla que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de Madre y con eficaz ayuda de auxiliadora. De las virtudes de la Madre se adornarán los hijos, que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida” (MC 57).

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