Abrámonos

VER:
Solemos decir que una persona es muy abierta porque su carácter es muy sociable, da conversación y no tiene problemas a la hora de entablar relaciones. Pero estas características se refieren a aspectos exteriores de dicha persona. Para referirnos a lo interior, utilizamos la palabra “abrirse”, en el sentido de descubrirse o confiarse a otra persona. Y es difícil abrirse a otros; es más fácil mantener una actitud “abierta”, movernos en lo superficial, para evitar abrirnos de verdad: hay ciertos miedos, recelos, incluso vergüenza… precisamente porque si nos abrimos tendremos que mostrar nuestro interior, nuestra intimidad que a menudo mantenemos oculta, exponiéndonos a la crítica, a la burla y al rechazo. Pero cuando alguien por fin se abre a otro que merece su confianza, la sensación de paz es muy grande, porque la persona se sabe y siente aceptada, acogida y querida.
JUZGAR:
En el Evangelio hemos escuchado el relato de la curación de un sordo, que además apenas podía hablar. Aunque nuestros sentidos corporales funcionen correctamente, a menudo nosotros vamos por la vida como sordos y ciegos para los demás. Mantenemos relaciones superficiales, incluso podemos mostrarnos como personas aparentemente abiertas, pero en realidad no nos comunicamos con ellos, ya que ocultamos nuestros sentimientos y pensamientos más íntimos.
Y muchas veces hacemos lo mismo con Dios: tenemos con Él una relación habitual, cumplimos con nuestras “obligaciones” como cristianos, pero no nos comunicamos con Él, no nos abrimos de verdad a Él, no ponemos nuestra vida en Sus manos, no le permitimos entrar en nuestra intimidad.
Y no es que Él necesite que nos abramos. Como dice el Salmo 138: Señor, tú me sondeas y me conoces… No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor te la sabes toda… Conocías hasta el fondo de mi alma. Dios nos conoce mejor que nosotros mismos; somos nosotros quienes necesitamos abrirnos a Él para encontrar verdadera paz de espíritu. Pero como nos cuesta y no sabemos hacerlo, necesitamos Su ayuda, que repita con nosotros los gestos que hizo con el sordo que apenas podía hablar:
Apartándolo de la gente a un lado: para abrirnos a Dios, necesitamos “apartarnos a un lado”, buscar un tiempo y lugar adecuados, alejados del bullicio que normalmente llena nuestra vida.
Le metió los dedos en los oídos: para abrirnos a Dios, necesitamos hacer silencio: silencio exterior pero sobre todo silencio interior, taponando los “ruidos”, el barullo que tenemos en nuestra mente.
Con la saliva le tocó la lengua: cuando tenemos la boca seca nos resulta muy difícil hablar. Cuando estamos “secos” espiritualmente nos es más difícil todavía abrirnos a Dios, y por eso necesitamos que Jesús nos “humedezca”, que nos toque con esa “saliva” que es la Palabra que sale de su boca.
Entonces podremos seguir la petición del Señor: Ábrete. Sin miedo, con confianza, porque ante Dios podemos mostrarnos tal como somos; sólo a Él podemos decirle sin sentir vergüenza nuestros pensamientos y sentimientos más íntimos, con la seguridad de que Él no nos va a rechazar ni despreciar, sino que, con amor de Padre, nos irá enseñando a vivir nuestra interioridad siguiendo sus caminos, y aprender a aceptarnos a nosotros mismos porque nos sabemos amados por Él.
Y una vez nos hemos abierto a Dios, seremos también personas más abiertas con los demás. Pero no se trata de exponer sin pudor nuestra intimidad ante cualquiera, sino de ser capaces de abrirnos sinceramente en un momento dado a quien nos resulte de confianza, porque como dice el libro del Eclesiástico: Puedes relacionarte con muchos, pero amigo de verdad, uno entre mil (6, 6).
ACTUAR:
¿Me considero una persona “abierta”? ¿Comparto mi intimidad con facilidad, o sé guardar la prudencia necesaria? ¿Soy abierto con Dios? ¿Hay algo personal que me cueste exponerle? ¿Busco lugares y tiempos de calidad para abrirme a Él? ¿Sé hacer silencio, exterior y sobre todo interior? ¿Su Palabra me ayuda a abrirme a Él, a dejarle entrar a fondo en mi interioridad?
Toda persona necesita ser conocida, aceptada y amada por otro, y para eso debe abrir su intimidad a ese otro. Y aunque no lo reconozcamos, como criaturas necesitamos sabernos acogidos y amados por Dios. Como al sordo que apenas podía hablar, Jesús nos enseña a abrirnos a Dios Padre, para que encontremos y vivamos la alegría y la paz de sabernos profundamente amados por Él.