Deseo de felicidad

VER:
Comenzábamos el tiempo de Adviento preguntándonos: “¿Qué se puede esperar?” Porque la mayor parte de lo que escuchamos o leemos en las noticias, o lo que simplemente vivimos cada día, no nos habla precisamente de esperanza. Y, sin embargo, anoche el mundo entero se llenó de fiestas y celebraciones con motivo de la entrada del nuevo año, y hoy todavía se multiplican los deseos de felicidad, a pesar de que no hay nada que indique que alguno de esos deseos se vaya a realizar. Y esto es así porque el ser humano, independientemente de su raza o cultura, por naturaleza es un ser abierto a la esperanza. A pesar de los graves problemas y dificultades que le acechan, hay en él un impulso vital que le lleva a no someterse a la realidad, por dura que ésta sea, sino a buscar constantemente una salida, una liberación. En definitiva, tiene deseo de felicidad.
JUZGAR:
Por eso, aunque la realidad no haya cambiado sustancialmente de ayer a hoy, aunque los problemas sigan siendo los mismos, comenzamos el nuevo año deseándonos felicidad. Pero esa felicidad, para nosotros, no es un simple deseo: nuestra felicidad es Dios, y nuestra esperanza se apoya en Él. Por eso no nos deseamos simplemente “feliz año nuevo”, sino que hacemos nuestras las palabras de bendición que hemos escuchado en la 1ª lectura para deseárnoslas mutuamente: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz.
Estas palabras no son un simple deseo humano, estamos contando con el mismo Dios, poniendo nuestra vida en sus manos. No pedimos que desaparezcan los problemas mágicamente; pedimos que sintamos a nuestro lado, en todo momento, la presencia del Señor, para poder tener esperanza.
Como decía san Pablo en la 2ª lectura: ya no eres esclavo, sino hijo. No somos “esclavos” de las circunstancias, no estamos sometidos a los problemas: somos hijos de Dios, y nuestro Padre va a estar con nosotros en todo momento, en lo bueno y en lo malo, como lo estuvo con su Hijo.
Y para que, desde el mismo comienzo del año, aprendamos a vivir la esperanza en la felicidad que es Dios mismo, hoy contemplamos especialmente a la Virgen María, la Madre de Dios. Ella, desde el momento de la concepción de Jesús hasta su muerte en la cruz, vivió plenamente la paradoja de la felicidad y la esperanza en medio de situaciones vitales muy duras. Como le dijo Isabel, ella es feliz porque ha creído (cfr. Lc 1, 45), y ante cada nueva situación, buena o mala, renovaba su fe, su “hágase en mí”, porque como hemos escuchado, conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón.
El nuevo año nos trae una fuerte llamada a aprender de María a cuidar nuestra oración, nuestra celebración, nuestra formación, para encontrarnos con Cristo, el rostro visible de nuestra felicidad, que con su muerte y resurrección ha abierto para todos las puertas de la esperanza que no defrauda, por dura que sea la realidad que debemos afrontar.
ACTUAR:
En este tiempo de nueva evangelización, una tarea que debemos llevar a cabo es mostrar y proponer a Cristo a todos aquéllos que, sin conocerle o incluso habiéndole dejado de lado, siguen buscando y deseándose mutuamente la felicidad plena, aunque no esperen alcanzarla.
Como indica Mons. Antonio Cañizares en su carta pastoral “María, estrella de la nueva evangelización”: No podemos quedarnos tranquilos ante esa muchedumbre inmensa en cuyas vidas Dios no significa nada y camina en el vacío (…) Lo que está en juego es, precisamente, que los hombres puedan abrirse a Jesucristo (…) No hallaremos otro camino verdadero que Cristo para los grandes desafíos de nuestro tiempo. Como la Virgen María, cultivar el encuentro con Él es la clave (…) Anunciemos a Jesucristo con obras, en nuestros trabajos, en nuestras familias, en nuestra vida en la sociedad (…) Que todo en nosotros sea signo de que somos de Cristo. De esta manera seremos como María; y así es como únicamente podemos entregarles a Jesucristo a los hombres de hoy.
Ésta es nuestra esperanza. Ésta es nuestra felicidad, la que deseamos compartir con todos, por duras que sean las circunstancias. Que el Señor nos bendiga en este comienzo de año, y que Santa María, Madre de Dios, nos enseñe y ayude a llevar a cabo esta misión como Ella, sintiéndonos felices por la esperanza.