Misericordia y fe
VER:
En estos días se encuentra en el santuario de Lourdes la peregrinación organizada por la Hospitalidad Valenciana. Pocas cosas hay que nos afecten y golpeen tanto la conciencia como la enfermedad, propia o ajena, o mejor dicho, el contacto con un enfermo grave, sobre todo si el enfermo es un niño. Quizá sea porque la visión de los enfermos nos recuerda la realidad de nuestra fragilidad, y que todos estamos expuestos en cualquier momento a padecer alguna enfermedad. Y esta certeza de nuestra fragilidad cuestiona también nuestra fe: nos preguntamos cómo puede Dios permitir tanto sufrimiento, sobre todo en los casos más terribles que a veces conocemos.
JUZGAR:
En estas situaciones no resulta fácil dar, ni siquiera darnos a nosotros mismos, una respuesta satisfactoria. Quizá sea porque no hay palabras humanas que puedan dar esa respuesta, y porque desde la fe las palabras que digamos, si no las pensamos cuidadosamente, pueden provocar una respuesta airada y de rechazo. Por eso, como creyentes, y conscientes de nuestra limitación, tenemos que hacer nuestras las palabras que Pedro dijo a Jesús: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios (Jn 6, 68-69).
Nosotros también creemos; y por eso, ante la realidad de la enfermedad, del sufrimiento y del dolor, que tanto y tan cruelmente llega a golpear y a golpearnos, con humildad, cuidado y delicadeza ofrecemos la Palabra de Dios, y que hoy Él mismo nos ofrece. En la 1ª lectura hemos escuchado la primera certeza que como creyentes debemos tener: Dios no hizo la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes. Lo que conocemos de Dios, por su actuar en la historia y porque Él nos lo ha dicho, nos lleva a tener esta certeza y a afirmarla; más aún, como continúa la lectura: Dios creó al hombre para la inmortalidad. Y esto nos lo ha demostrado en Jesús, su Hijo hecho hombre.
¿Cómo hace realidad Jesús lo expresado en la 1ª lectura? No sólo con sus palabras, sino también con sus obras, con su acción preferente hacia quienes más necesitan experimentar en su vida que realmente Dios no hizo la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes, sino que creó al hombre para la inmortalidad. Como dice el Papa Francisco en la convocatoria del Año de la Misericordia: Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre (1). La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia (8).
Esa misericordia la hemos comprobado en el Evangelio de hoy, tanto con la mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años, como con la hija de Jairo. Y en ambos casos, Jesús nos muestra cuál debe ser nuestra actitud ante la realidad de la enfermedad y el dolor, en nosotros mismos o en otras personas: afrontar esas situaciones desde la fe.
Hija, tu fe te ha curado, dice a la mujer, porque ella se ha acercado con la certeza de que con sólo tocarle el vestido, curaría, una fe que no tenían los que también tocaban físicamente a Jesús pero sólo apretujándole. No temas, basta que tengas fe, dice a Jairo incluso ante el anuncio de que su hija ha muerto, cuando humanamente no cabe esperanza. Y Jairo mantiene esa fe.
ACTUAR:
¿He vivido o estoy viviendo alguna situación de enfermedad o sufrimiento? ¿Qué me cuestiona más? ¿Soy capaz de dar o darme alguna respuesta desde la fe? ¿Mi actitud sería la de Jairo?
La fe brota del conocimiento de Dios, de acoger lo que Dios nos ha dicho y ha manifestado de sí mismo, y que tiene su máxima expresión en Jesús, su Hijo hecho hombre, que padeció, murió y resucitó para demostrarnos que Dios creó al hombre para la inmortalidad. Ante la realidad de la enfermedad y el dolor, acerquémonos a Jesús como la mujer del Evangelio y como Jairo, con humildad pero con fe, aunque no comprendamos el porqué de esas situaciones, pero con la certeza de su amor y misericordia hacia nosotros, haciendo nuestras las palabras de Pedro: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.