En nuestro día a día, coloquialmente utilizamos de modo inconsciente los tiempos y modos verbales sin detenernos a analizarlos gramaticalmente, y podemos caer en incorrecciones de expresión. Por eso de vez en cuando conviene repasarlos. Los tiempos verbales (pasado, presente o futuro) señalan cuándo ocurre una acción, y los modos verbales (indicativo para hechos reales, subjuntivo para deseos o hipótesis, imperativo para órdenes) manifiestan la actitud del hablante ante la acción. Su buen uso permite que nos expresemos correctamente y los demás nos entiendan.
Un rey o reina consorte es el cónyuge de un rey o reina que ostenta el título por derecho propio. Los consortes, aunque su tratamiento sea también el de ‘rey’ o ‘reina’, no comparten los mismos poderes políticos y militares del monarca, pero tienen una gran responsabilidad y tarea que cumplir en muchas de las funciones que forman parte de su cargo.
Algo que estamos experimentando con fuerza en este siglo XXI es nuestra fragilidad y vulnerabilidad: crisis económica, catástrofes naturales cada vez más violentas, la pandemia del coronavirus, guerras, consecuencias del cambio climático… En cualquier momento y por muchas circunstancias nuestra vida puede dar un vuelco y, como dijo el Papa Francisco en su oración extraordinaria durante la pandemia, esto «deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades». Pero, a la vez, esta conciencia de fragilidad y vulnerabilidad puede tener un aspecto positivo: «Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente».
A menudo en nuestras ciudades hay estatuas y monumentos, o nombres de calles, de las que sabemos solamente eso, el nombre, pero no conocemos su historia ni la razón por la cual han merecido ser destacadas de ese modo: oímos, leemos o decimos esos nombres, pero no significan nada para nosotros, ni vemos qué relación pueden tener con nuestra vida.
Ante la realidad de la muerte, las posturas que se adoptan son diversas: desde la afirmación de que ahí termina todo, hasta las respuestas que dan las distintas religiones, pasando por una actitud de no querer pensar en la muerte o tratar de ocultarla. Pero la realidad de la muerte, lo queramos o no, se hace presente en nuestras vidas y nos pone frente al mayor misterio de la existencia humana.
Hace poco, escuchando a una persona bastante culta, agnóstica, vi que uno de los prejuicios tópicos hacia los cristianos, que está muy presente, es que centramos nuestra atención en la vida eterna y por eso no valoramos las realidades del mundo, nos evadimos de ellas e incluso las despreciamos. Es innegable que algunos viven su fe de un modo ‘cerrado’, y sienten desconfianza y rechazo hacia ‘el mundo’, como un obstáculo para alcanzar la vida eterna. Pero algo que ha ido avanzando, lentamente pero con fuerza, desde el Concilio Vaticano II es lo que dice el comienzo de la constitución ‘Gaudium et spes’: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón». (1)
Es innegable que, para mucha gente, la Iglesia tiene mala fama. Al nombrarla, lo primero que viene a la mente de la gente son los obispos, curas, noticias negativas, escándalos… Se ve como una institución de poder político y de manipulación de gente crédula. Y no hay que esconder que a veces esa mala fama nos la hemos ganado a pulso. Y a menudo, cuando se trata de ‘defender’ a la Iglesia, se recurre a poner de manifiesto la labor social que realiza, y a la entrega de los misioneros en países pobres; pero esto se hace sin mencionar la razón que les impulsa: la evangelización.
La expresión “gracias a Dios” se utiliza en general para expresar un sentimiento de alegría o alivio por algo que ha sucedido. En una oficina, una persona llevaba toda la mañana intentando solucionar un problema; cuando al final lo consiguió, exclamó juntando sus manos: “¡Gracias, Dios mío!” Algunos compañeros se extrañaron y burlaron al oírla, porque se notaba que no había sido una simple frase hecha, sino que lo había dicho de corazón: realmente estaba dando gracias a Dios.
En nuestra vida a veces atravesamos situaciones difíciles, duras, que se prolongan en el tiempo, y que van minando nuestro ánimo poco a poco. Nos sentimos cansados, no vemos ninguna salida posible, quisiéramos poder rendirnos y abandonar, pero a la vez sabemos que no podemos hacerlo, que debemos seguir adelante y afrontar como podamos cada nuevo día, porque tenemos responsabilidades o personas a las que atender. Pero cada vez nos cuesta mayor esfuerzo seguir.
Hoy estamos de fiesta, el Señor nos convoca, como familia, en este II Encuentro Interparroquial, a las Parroquias del Ave María i sant Josep, Natividad y san Vicente, mártir, para recordarnos nuestro objetivo: “la parroquia es casa y cosa de todos, caminando en interparroquialidad”. La Parroquia no es de unos pocos, ni de un grupo cerrado, ni de un cura en solitario. La parroquia es la familia de Dios que se reúne en torno a la Mesa de la Palabra y a la Mesa de la Eucaristía, y que camina unida, como Iglesia en salida, abierta y fraterna.
La Palabra de Dios de este domingo, que hemos escuchado, ilumina este camino.
El profeta Amós denuncia la comodidad de los que viven instalados y no se preocupan por los demás. Nos advierte contra la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, como digo yo, ser egocéntrico, vivir sin pensar en los demás. El peligro es ser parroquia “a la sombra del campanario”.
No hay que perder de vista la identidad y la pertenencia, pero hay que abrirse y convivir. Es como una familia, que crece, los hijos se casan, forman su propia familia, pero no viven encerrados, aislados. Los padres van a casa de los hijos, los hermanos van a casa de los hermanos, los hijos van a casa de los padres a celebrar momentos importantes… Cada familia tiene su propia identidad, pero todos forman, constituyen, una gran familia.
Una parroquia (lo mismo un feligrés) que sólo se mira a sí misma termina muriendo, es como una espiral que se encierra, se encierra y se cierra, termina ahogándose. Por el contrario, una parroquia viva es la que se abre, se mezcla, se compromete, la que colabora y comparte. Iglesia en salida, nos dice el Papa Francisco.
San Pablo, en la segunda lectura, exhorta a Timoteo a perseguir la justicia, la fe, la paciencia, la misericordia, el amor. Y lo hace con una imagen de lucha, de esfuerzo, de entrenamiento. La vida cristiana no es individualista: es una carrera en la que se corre en equipo. Y aquí entendemos algo fundamental: es más inteligente trabajar juntos, trabajar en equipo. Cuando cada parroquia intenta caminar sola, se agota; pero cuando nos unimos, nos enriquecemos mutuamente, compartimos dones y carismas, y los frutos de la misión se multiplican.
El Evangelio de hoy nos presenta la parábola del rico y Lázaro. Es una advertencia seria: no podemos ignorar al que sufre, no podemos dar la espalda al pobre. Como parroquias, nuestra interparroquialidad no puede ser sólo organizarnos mejor entre nosotros, sino sobre todo abrir los ojos y el corazón a los Lázaros de hoy: los pobres, los marginados, los enfermos, los inmigrantes, los que están solos, los que no conocen a Cristo. Ellos son y tienen que ser el centro de nuestra misión.
Dios nos pide hoy que vivamos nuestras parroquias como comunidades en red, donde lo que una tiene lo comparte con las demás, donde nadie se siente solo en la misión, donde se trabaja con inteligencia, sumando fuerzas y no restando, multiplicando y no dividiendo.
El trabajo en equipo es más que una estrategia: es un signo del Espíritu Santo. El mismo Espíritu que en Pentecostés unió a pueblos distintos en una sola fe, hoy nos invita a trabajar unidos en una sola misión. Porque cuando la Iglesia camina dividida, pierde fuerza; pero cuando camina unida, se convierte en luz del mundo y sal de la tierra, da sentido a nuestra misión pastoral. Atrae e interpela a quienes nos ven.
Desde el discernimiento tendremos que ver hacia dónde nos guía el Espíritu Santo, y qué es lo que quiere que vayamos haciendo. Cada uno con sus dones y talentos. Por eso también es muy importante la oración, y aquí, como le decía a D. Vicente, a pesar de la edad, todos podemos aportarla, sintiéndonos parte importante de la parroquia.
Pidamos al Señor en esta Eucaristía la gracia de sentir cada parroquia como parte de una gran familia, de caminar en interparroquialidad, de abrirnos a los pobres y de vivir la alegría de anunciar juntos el Evangelio.
Que María, Madre de la Iglesia, Madre de los Apóstoles, nos enseñe a trabajar en equipo, como lo hizo Ella en la primera comunidad cristiana, siempre unida, en comunión, humilde, con actitud de servicio y entrega.