“No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos”. Estas palabras de Jesús quedaron plasmadas en tres de los cuatro Evangelios: Marcos, Lucas y Mateo, para recordarnos que Jesús no solamente conoce nuestros sufrimientos y dolores, sino que también vino a sanarnos.
De hecho, el hijo de Dios dedicó una parte de su vida pública a realizar milagrosas curaciones y liberar a aquellos que tenían padecimientos del cuerpo o del alma.
Podemos experimentar diferentes tipos de dolor a lo largo de nuestra vida, sin embargo, debemos recordar que Jesús no es indiferente a ninguno de nuestros sufrimientos, ya sean físicos, morales o psicológicos. En realidad, todo lo que nos afecta, también le afecta, pues Él está ahí, dispuesto a acompañarnos en nuestras luchas contra la enfermedad, la adicción, la ansiedad…. Por otro lado, es importante saber que no todas las sanaciones pueden ser milagrosas; a decir verdad, algunos caminos de sanación son más largos que otros, pero, como vemos en los Evangelios, Jesús no rechaza a ningún enfermo que venga a pedirle ayuda.
«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré» (Mateo 11,28) Sigue leyendo


















