
El 6 de agosto, la Iglesia celebra la Transfiguración de Jesús: este episodio de la vida de Cristo -que se narra en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas- nos ofrece una pequeña visión de Jesús en su Gloria, es decir, ¡una antesala del Cielo!
Recordemos que cuando esto ocurrió, Jesús estaba en oración, al igual que sus discípulos Pedro, Juan y Santiago, quienes pudieron presenciar tan precioso suceso:
“Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz” (Mateo 17:2).
De hecho, la transfiguración es un acontecimiento muy importante para los cristianos, y corresponde al cuarto misterio luminoso en la oración del Santo Rosario. Debido a que cada uno de los misterios del Rosario se asocia a un fruto espiritual, el misterio de la transfiguración se relaciona con el fruto de la gracia de una vida interior.
En pocas palabras, se puede decir que la vida interior se alimenta de la oración y el recogimiento, y nos permite desarrollar esta relación íntima con Dios que proviene de lo más profundo de nuestro ser. Sin embargo, en ocasiones, los ritmos diarios de nuestra sociedad actual, los diferentes estilos de vida y la diversidad de estímulos externos pueden dificultar el desarrollo adecuado de una vida interior.







