¿Para qué?

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Al finalizar el confinamiento, al reabrir los templos, una de las medidas de seguridad que debíamos adoptar era asegurar una distancia de dos metros entre personas. Con este fin, señalé en los bancos los lugares donde las personas se debían sentar para guardar esa distancia. Una persona se sentó en un lugar no señalado y, cuando le dije que sólo se podía sentar donde estaba la señal, me respondió: “Si eso no sirve de nada, fuera la gente hace lo que quiere”. Le respondí que fuera del templo hicieran lo que quisieran, pero nosotros en el templo no. Sin embargo, no pude evitar pensar que nosotros nos esforzábamos en hacer lo debido, pero ¿para qué? Porque en la calle, en las terrazas de los bares, en los parques… la mayoría de la gente hacía caso omiso de las medidas de seguridad. Sigue leyendo






