Pasión desbordada

VER:
Hemos querido vivir toda la Cuaresma, y especialmente la Semana Santa, con deseo y pasión, dos emociones muy fuertes y que deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida, porque cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo. Durante este tiempo hemos reflexionado en diferentes aspectos del deseo y la pasión en nuestra vida: a veces surgen repentinamente, otras veces van creciendo progresivamente, sufren altibajos, frustraciones, incluso pueden morir… Y, en ocasiones, el deseo y la pasión se manifiestan de forma desbordante: lo vemos, por ejemplo, cuando un equipo de fútbol consigue un título importante; o, en Valencia, cuando una comisión fallera obtiene el primer premio. Eso que se ha deseado tanto por fin se ha hecho realidad, y la pasión se desborda de forma incontenible, hay una explosión de alegría, la gente se echa a la calle, hay risas, abrazos, besos, los coches hacen sonar sus bocinas, se tiran tracas…
JUZGAR:
El Viernes Santo veíamos que a todos nos podía ocurrir lo mismo que a Pedro: por múltiples razones y circunstancias, corremos el peligro de que nuestra pasión por Jesús muera y acabemos hasta negando conocerle. Pero, contemplando a Jesús muerto, también recordábamos que la Cruz es la mayor manifestación del amor apasionado de Jesús, el Hijo de Dios, por nosotros. Y, como dice el Cantar de los Cantares, “es fuerte el amor como la muerte… las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos” (8, 6-7). Esta noche/hoy celebramos que esa esperanza se ha hecho realidad.
La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ha ido recordando que Dios ama apasionadamente al ser humano, y desea intensamente nuestra salvación. La Creación no tiene otra razón que el amor de Dios hacia el ser humano, su obra cumbre, el único ser creado a su imagen y semejanza. Y cómo Dios, por puro amor, se ha comprometido con nosotros para liberarnos de las esclavitudes en las que caemos por usar mal nuestra libertad. Dios nos ama apasionadamente, como un Esposo, y ese amor permanece fiel incluso cuando nosotros le somos infieles, tendiéndonos siempre la mano para que, libremente, podamos volver a Él. Y su amor apasionado le llevó a venir a nosotros en su Hijo hecho hombre, que nos amó hasta el extremo de la Cruz, para que “andemos en una vida nueva”.
Desde el Viernes Santo hemos permanecido a la espera, en oración, hasta que sonara el gran anuncio que hemos escuchado en el Evangelio de la Vigilia: “¡Ha resucitado!, como había dicho”. Lo que hemos deseado apasionadamente durante este tiempo es ya una realidad, y hoy se nos invita a dejar que esa pasión se desborde, como hicieron María Magdalena y la otra María: “id a prisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos». Ellas, llenas de miedo y alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos”.
Hoy nuestra pasión por Jesús se desborda porque, como estuvimos celebrando en el Jubileo de la esperanza, «Jesús muerto y resucitado es el centro de nuestra fe. Cristo murió, fue sepultado, resucitó, se apareció. Por nosotros atravesó el drama de la muerte. El amor del Padre lo resucitó con la fuerza del Espíritu. La esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, ‘la vida no termina, sino que se transforma’ para siempre». (20)
Hoy nuestra pasión por Jesús se desborda porque “cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte, y si hemos sido incorporados a Él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya y creemos que también viviremos con Él” (Epístola). Podemos iniciar una nueva etapa en nuestra vida, porque «en el Bautismo recibimos el don de una vida nueva, que derriba el muro de la muerte, haciendo de ella un pasaje hacia la eternidad».
ACTUAR:
Si, cuando gana nuestro equipo o nuestra comisión fallera, nuestra pasión se desborda, cuánto más deberíamos hacerlo si lo que ha ganado es la Vida frente a la muerte, la esperanza frente al vacío y sinsentido. La Resurrección de Jesús ha de encender o reavivar nuestro deseo de seguir siendo ‘Peregrinos de esperanza’, nos debe impulsar a redescubrir nuestra vocación bautismal y a ponerla en práctica de forma apasionada, andando “en una vida nueva”, buscando “los bienes de allá arriba, donde está Cristo”, siendo “levadura en la masa”, para que, con nuestras palabras y obras, siga resonando en el mundo el anuncio de nuestra salvación: “Jesús, el crucificado, ¡ha resucitado!”.