Deseo y pasión frustrados

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Desde que comenzamos la Cuaresma estamos diciendo que el deseo y la pasión son dos fuerzas muy fuertes y constitutivas del ser humano pero que, lamentablemente, las hemos reducido sólo al aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y sospechosas de pecado. Pero el deseo y la pasión deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida, porque cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo. Pero hay veces que ocurre alguna circunstancia que frustra ese deseo y esa pasión, dejándonos una sensación de ira, decepción, tristeza o un profundo vacío.
JUZGAR:
También dijimos que el Señor nos invita a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión, ante todo, porque Él, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz. Por eso, nosotros debíamos responder con deseo y pasión a la petición que nos hizo: “Convertíos a mí…”.
Pero a veces también nos afecta alguna circunstancia que frustra nuestro deseo y pasión por seguir a Jesucristo: una enfermedad, una crisis, un problema grave… Y, sobre todo, nos encontramos con lo que es la mayor frustración: la muerte. Ya sea la física, o las ‘situaciones de muerte’ para las que no hay humanamente salida, la muerte es como un muro impenetrable contra el que se estrellan todos nuestros proyectos y deseos. Por eso en muchas personas genera miedo, angustia y desesperanza, y se preguntan qué sentido tiene haber deseado algo o haberse apasionado por ello, si al final ese deseo y esa pasión se van a frustrar, van a desaparecer y a quedar en nada.
Pero, como dijimos al celebrar el Jubileo de la Esperanza: «Nosotros tenemos la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirigen hacia un punto ciego o un abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con el Señor de la gloria» (Bula, 19). Por eso, ante la frustración de todo deseo y pasión que supone la muerte, debemos dejar que resuenen en nosotros las palabras que hemos escuchado en la 1ª lectura: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos. Y comprenderéis que soy el Señor”. Y esta profecía la ha cumplido en Jesús, que «muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe» (20). Y, como un anticipo del cumplimiento de esa promesa, hoy hemos escuchado en el Evangelio la resurrección de Lázaro. Como el propio Jesús ha dicho, “esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
El Evangelio nos dice que “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Él había encendido en ellos el deseo y la pasión por ser sus discípulos. San Lucas (10, 38-47) nos narra el diálogo de Jesús con Marta y María (“Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas… María ha escogido la parte mejor”); y en el Evangelio hemos escuchado que “María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera” (Jn 12, 1ss). Ahora, Marta y María están sufriendo la frustración que supone la muerte de su hermano. Ambas expresan la misma queja: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.
Pero hasta cuando humanamente todo ha acabado (“Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”), Jesús les pide que mantengan encendido el deseo y la pasión como discípulas suyas: “Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?”. Y ante la afirmación de Marta: “Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios…” Jesús realiza el signo, “por la gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado”. Y este signo hace que se encienda el deseo y la pasión en otros: “Muchos judíos, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él”.
ACTUAR:
Vamos a comenzar la Semana Santa: ¿Mi deseo y pasión por seguir a Jesús sigue encendido? ¿Hay algo que lo haya frustrado? ¿Cómo vivo la realidad de la muerte, la propia o la de seres queridos?
Después del camino cuaresmal, Jesús nos pregunta, como a Marta: “¿Crees esto?”. Ojalá hasta en las situaciones de muerte podamos responder: “Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios”, y mantener encendido nuestro deseo y pasión por Jesús, porque «ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, la vida no termina, sino que se transforma. Y si bien, frente a la muerte —dolorosa separación que nos obliga a dejar a nuestros seres más queridos— no cabe discurso alguno, el Jubileo nos ofrecerá la oportunidad de redescubrir el don de esa vida nueva recibida en el Bautismo, capaz de transfigurar su dramaticidad». (20)
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