Una nueva dimensión

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El Miércoles de Ceniza dijimos que el deseo y la pasión son dos fuerzas, psicológicas y físicas, muy fuertes y constitutivas del ser humano: el deseo es el movimiento afectivo hacia algo que se apetece, y la pasión es una inclinación muy viva hacia alguien o hacia algo. Lamentablemente, a menudo referimos el deseo y la pasión sólo al aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y sospechosas de pecado. Pero el deseo y la pasión son dos fuerzas que deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida, porque cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo. Y uno de esos aspectos importantes en la vida humana es el matrimonio.
JUZGAR:
También dijimos que el Señor nos invita a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión, ante todo, porque Él, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz.
Y la celebración hoy de san José nos ayudará a vivir la Cuaresma con deseo y pasión, porque no hay que tener miedo a afirmar que José y María vivieron su vida matrimonial con deseo y pasión. Hemos escuchado que “María estaba desposada con José”: A menudo nos olvidamos de que José y María eran una pareja normal y corriente, como tantas otras: dos jóvenes que se amaban y decidieron unir sus vidas. Entre los judíos, el matrimonio constaba de dos actos separados. Primero, los esponsales o desposorios, que no eran simplemente una promesa de unión futura, sino que constituían ya un verdadero matrimonio: el novio depositaba las arras en manos de la mujer, y se seguía una fórmula de bendición. Desde este momento la novia recibía el nombre de ‘esposa de…’ Y tras un intervalo aproximado de un año, se celebraban las nupcias públicas y solemnes, que consistían en conducir a la esposa con gran fiesta a la casa del esposo, para iniciar su vida en común.
José y María estarían deseando apasionadamente que llegase ese momento, y no hay que escandalizarse por esto, porque como dijo el Papa Francisco en la exhortación ‘Amoris laetitia’, sobre el amor en la familia, «un amor sin pasión no es suficiente para simbolizar la unión del corazón humano con Dios (142). Deseos, sentimientos, emociones, eso que los clásicos llamaban ‘pasiones’, tienen un lugar importante en el matrimonio. El ser humano es un viviente de esta tierra, y todo lo que hace y busca está cargado de pasiones» (143).
Pero, entre los esponsales y las nupcias solemnes, María recibe la visita del Ángel y “antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”. Podemos imaginar el golpe que esto supuso para José: su confianza, su deseo de matrimonio con María… parecían haberse roto; pero aun en esa situación permanece abierto a Dios. El Evangelio dice escuetamente que “decidió repudiarla en privado”. Quizá porque María le contó lo que había ocurrido en la Anunciación, José se ve enfrentado al Misterio de Dios y teme formar parte de algo que cambiará el curso de la historia. Pero, “apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo». Y, como era justo, cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”. José no renuncia a su deseo apasionado de matrimonio con María, sino que le da una nueva dimensión: «se puede hacer un hermoso camino con las pasiones, lo cual significa orientarlas cada vez más en un proyecto de autodonación que enriquece las relaciones interpersonales en el seno familiar. No implica renunciar a instantes de intenso gozo, sino asumirlos como entretejidos con otros momentos de entrega generosa, de espera paciente, de cansancio inevitable, de esfuerzo por un ideal» (AL 148)
Y esto es lo que vivió apasionadamente José junto con María, y como padre terrenal de Jesús: vivir con gozo su entrega, espera, cansancio, esfuerzo… para que el plan de Dios siguiese adelante.
ACTUAR:
Como estamos diciendo, el deseo y la pasión son dos fuerzas que deberían movernos sobre todo en los momentos importantes de nuestra vida. Sea cual sea nuestro estado de vida, san José nos enseña a dar a nuestro deseo y pasión una nueva dimensión, al servicio de la misión evangelizadora. Que, como él, estemos abiertos a Dios para que pueda indicarnos cuál es nuestro lugar en el plan de Dios, y deseemos vivirlo con gozo y pasión, como hizo san José.