Efecto amanecer

VER:
Hay un modelo de despertador que tiene ‘efecto amanecer’: lleva incorporada una luz que se va ganando intensidad progresivamente hasta lograr que despertemos, de un modo más ‘natural’, sin el sobresalto que provoca el timbre o la música, y así podemos empezar la jornada con buen ánimo.
JUZGAR:
El Miércoles de Ceniza el Señor nos invitó a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión. El primer domingo de Cuaresma nos enseñó que debemos alimentarnos del Pan de la Palabra de Dios, para vencer la tentación y que mantenga bien encendidos nuestro deseo y pasión por convertirnos más al Señor. Y segundo domingo el Señor se transfiguró para reavivar el deseo y la pasión de los Discípulos, haciéndoles vivir una experiencia de lo que será la manifestación plena de su gloria, y dijimos que también a nosotros nos regala experiencias de transfiguración, momentos muy personales y especiales de encuentro con Dios, a veces muy sencillos, que nos dan fuerzas para afrontar los problemas, porque reavivan nuestro deseo y pasión por seguir a Jesús.
El tercer domingo de Cuaresma vimos que a menudo sentimos ‘sed’ de algo que nos llene, y lo buscamos saciar por caminos equivocados, que nos siguen dejando sedientos porque, en el fondo, es sed de Dios, y sólo Él puede saciarnos. Y preguntábamos si sentimos verdadera sed de Dios, y si buscamos saciarla con deseo y pasión.
Como dijimos el Miércoles de Ceniza, en nuestra vida a veces el deseo y la pasión se manifiestan de forma repentina y arrolladora, pero otras veces no surgen de golpe, sino que se van encendiendo poco a poco, como ese despertador con ‘efecto amanecer’. Y lo mismo ocurre con el deseo y la pasión por convertirnos, por volvernos más hacia Dios: va encendiéndose progresivamente.
El Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos ha ofrecido el ejemplo del ciego de nacimiento. El Señor ya nos dice que esa ceguera es “para que se manifiesten en él las obras de Dios”, es decir, para que los oyentes de entonces y de ahora no nos quedemos sólo en lo que es y significa la ceguera física y su curación, sino que aprendamos a ‘ver’ progresivamente los signos de la presencia de Dios.
El ciego de nacimiento se encuentra en oscuridad, no sólo física, sino también espiritual. No siente deseo ni pasión por Jesús, apenas sabe nada de Él, y por eso, cuando le preguntan cómo se le han abierto los ojos, sólo sabe referirse a «ese hombre que se llama Jesús”, pero no sabe dónde está. Pero, junto con la luz para sus ojos, ya se ha encendido también la luz en su alma, y poco a poco, en los diálogos que va manteniendo, esa luz se irá haciendo más intensa y se enciende su deseo y pasión por Jesús.
Cuando al rato “volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»”, él responde ahora: “Que es un profeta”, alguien enviado por Dios. Y, en contraste con las respuestas evasivas de sus padres, “porque tenían miedo a los judíos”, y la presión de los judíos: “nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”, él se atreve a responder: “Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Más aún, se atreve a cuestionarles: “¿También vosotros queréis haceros discípulos suyos?”.
Y su deseo y pasión por Jesús siguen en aumento, como manifiesta la réplica que les ofrece con valentía: “Sabemos que Dios no escucha a los pecadores… Si éste no viniera de Dios, no tendrían ningún poder”. Pero aún no se ha encendido del todo su deseo y pasión, faltaba el encuentro directo con Jesús: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” ‘El Hijo del hombre’ es el nombre que el profeta Daniel da al Mesías que vendría a instaurar el Reino de Dios, un título que Jesús se aplica a sí mismo como verdadero Dios y verdadero hombre. “¿Y quién es, Señor, para que crea en Él? Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor”. Jesús ya no es para él ‘un profeta’, sino que es ‘el Señor’, la palabra con la que se denomina a Dios. Por esta profesión de fe se ha encendido completamente en él el deseo y la pasión por Jesús.
ACTUAR:
La Cuaresma es el tiempo de gracia para ‘despertar’ nuestra fe, para abrirnos los ojos, y lo está haciendo de un modo progresivo, como ese ‘efecto amanecer’ del despertador. Como el ciego de nacimiento, dejémonos tocar por Jesús y hagamos lo que nos pide, para que se vaya encendiendo en nosotros el deseo y la pasión por Jesús, sin miedo a lo que otros puedan decirnos o cuestionarnos, y así se abran nuestros ojos y podamos afirmar con convencimiento, como el que era ciego: “Creo, Señor”.