Señor, ¿yo tengo sed de Ti?

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El Miércoles de Ceniza dijimos que el deseo y la pasión son dos impulsos constitutivos del ser humano. Y también experimentamos otras sensaciones que a veces se manifiestan con mucha fuerza; una de ellas es la sed, la necesidad de ingerir líquidos para regular el contenido de agua en nuestro cuerpo y que éste funcione correctamente.
JUZGAR:
El Miércoles de Ceniza el Señor nos invitó a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión. El primer domingo de Cuaresma nos enseñó que debemos alimentarnos del Pan de la Palabra de Dios, para vencer la tentación y que mantenga bien encendidos nuestro deseo y pasión por convertirnos más al Señor. Y el domingo pasado se transfiguró para reavivar el deseo y la pasión de los discípulos, haciéndoles vivir una experiencia de lo que será la manifestación plena de su gloria. Y dijimos que también a nosotros nos regala experiencias de transfiguración, momentos muy personales y especiales de encuentro con Dios, a veces muy sencillos: una celebración, un tiempo de oración, una lectura, una conversación con alguien… que no eliminan las dificultades de la vida guiada por la fe, ni los otros problemas de la vida, pero nos dan fuerzas para afrontarlos con nuevo ánimo, porque reavivan nuestro deseo y pasión por seguir a Jesús.
En este tercer domingo de Cuaresma el Señor nos invita a que, a ese deseo y pasión, unamos la sed; nos invita a que, desde la experiencia de la sed física, reflexionemos sobre la sed espiritual, sed de Él, porque, además de la «necesidad de beber», es también el «apetito o deseo ardiente de algo». Y tenemos la experiencia de esos otros tipos de ‘sed’ que a menudo nos afectan: sed de amor, de felicidad, de verdad, de seguridad… y cómo nos afecta no poder saciar esa sed.
Unas veces experimentamos la sed por la dureza de las circunstancias que debemos vivir. En la 1ª lectura hemos escuchado que el pueblo de Israel, en su peregrinar por el desierto, “sediento, murmuró contra Moisés”, y se preguntaron: “¿Esté el Señor con nosotros o no?” Más allá de la necesidad de beber agua, las dificultades del camino hacen que el pueblo se cuestione la presencia de Dios. Y esto también nos ocurre a nosotros cuando atravesamos situaciones difíciles, que hacen que cuestionemos la fe: ‘¿Está Dios con nosotros? Y, si está, ¿por qué no me ayuda?’ Y nos quedamos ‘sedientos’.
Otras veces es simplemente el discurrir de los días, en su rutina y monotonía, lo que nos hace experimentar la sed de plenitud, de sentido a nuestra vida. En el Evangelio hemos escuchado el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, que fue a sacar agua al pozo de Jacob. Para ella, ésa era la rutina diaria, trabajosa y sin mayor aliciente, pero Jesús sabe que, en el fondo, ella está ‘sedienta’ de algo más, que ha buscado saciar erróneamente (“no tienes marido: has tenido ya cinco…”)
Por eso, aunque en un primer momento ella sigue hablando de la necesidad de beber (“Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”), Jesús la ayuda a pasar al plano espiritual y a descubrir cuál es su verdadera sed: “el que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Y ella entonces ve por fin saciada su sed: “dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?»”
También a nosotros nos afecta la rutina y la monotonía, sentimos ‘sed’ de algo que nos llene, y lo buscamos saciar por caminos equivocados, con actividades, distracciones… que nos siguen dejando sedientos porque, en el fondo, es sed de Dios, y sólo Él puede saciarnos.
ACTUAR:
En la segunda estrofa del conocido canto ‘Hambre de Dios’, cantamos: «Señor, yo tengo sed de Ti, sediento estoy de Dios…» Y este tercer domingo de Cuaresma nos llama a preguntarnos si, del mismo modo que necesitamos beber para que nuestro cuerpo funcione correctamente, también sentimos verdadera sed de Dios y si buscamos saciarla con deseo y pasión para que nuestra alma ‘funcione’.
“Si conocieras el don de Dios…” La Cuaresma es el tiempo de gracia; aprovechémoslo para encontrarnos con Jesús de un modo tranquilo, como la samaritana, para ‘conocerle’ y dejar que Él nos dé su agua viva, la única que puede saciar de verdad nuestra sed de plenitud y felicidad eternas.