Volver a ponerlo en el centro

VER:
Este domingo segundo después de Navidad puede pasarnos muy desapercibido. Algunos quizá estén recuperándose todavía de la Nochevieja; muchos quizá hayan aprovechado para irse de viaje aprovechando el ‘puente’ de año nuevo; para la mayoría, toda la atención está puesta en la fiesta de los Reyes Magos. Además, hoy tampoco se celebra ninguna fiesta especial: simplemente es ‘el domingo segundo después de Navidad’.
JUZGAR:
Pero no debemos olvidar que el simple hecho de que ‘es domingo’ ya es motivo suficiente para que no nos pase desapercibido, porque el domingo es «el día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal», como decimos en la plegaria eucarística. Y por eso, como dijo el Papa Francisco en su audiencia del 13 de diciembre de 2017: «Nosotros cristianos vamos a Misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor, para dejarnos encontrar por Él».
Hoy, en este domingo segundo después de Navidad, hemos venido a la Eucaristía para sentirnos de nuevo como los pastores en la Nochebuena y Navidad: hemos dejado de lado por unos momentos todo lo demás para encontrar al Señor y, lo que es más importante, para dejarnos encontrar por Él, pero hoy con una mayor profundidad, si cabe, que en la Nochebuena y Navidad.
Estuvimos celebrando que “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”. Y decíamos que, cuando nace un niño en una familia, ‘todo gira en torno a él’: los horarios, el ritmo de vida, las tareas, diversiones… Y, aunque eso suponga esfuerzo y cambios y trastorno, se hace con gusto.
Pero, como hemos dicho, a estas alturas del tiempo navideño hay otros intereses y actividades que nos ocupan y que han ‘descentrado’ de su lugar al Niño Dios, y ya no gira todo en torno a Él. Por eso, este domingo necesitamos encontrar y dejarnos encontrar por el Señor. Y la Palabra de Dios nos ayuda a tener más claras las razones por las que debemos poner a este Niño en el centro, y que toda nuestra vida gire en torno a Él.
El prólogo del Evangelio según san Juan nos ha recordado el sentido profundo de la Navidad: “el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros… y a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios”. Como escribió san Ireneo de Lyon: «Tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios». (“Adversus haereses” 3, 19, 1).
Y en la 2ª lectura, san Pablo también nos ha recordado que “Dios nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos…” El deseo de Dios es que vivamos como verdaderos hijos suyos, pero no es una imposición, por eso viene como Niño, para que decidamos si lo acogemos o no: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.
Este domingo segundo después de Navidad es una llamada a reconocer el gran regalo que hemos recibido por este Niño que nos ha nacido: poder vivir como hijos de Dios, si lo acogemos en nuestra vida. Un regalo que no tiene otra razón que el amor infinito de Dios hacia nosotros.
Hoy se nos invita a pensar en nuestra situación antes de que Dios viniera a nuestro encuentro, y que el Catecismo (457) recoge citando a san Gregorio de Nisa: «Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador.» (“Oratio catechetica”, 15) ¿Qué elegimos: continuar así, o recibir en nuestra vida al Verbo hecho carne y ponerlo en el centro?
ACTUAR:
Como nos propusimos en la Nochebuena, hagamos que desde ahora todo gire en torno a Él, aunque nos suponga esfuerzo, cambios de horario y algo de trastorno, porque Dios se ha hecho hombre en Jesús para que «conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible». (Prefacio I de Navidad)
El Jubileo ha terminado, pero no lo que significa. Siempre seremos ‘Peregrinos de esperanza’. Por eso, que en este domingo segundo después de Navidad, mientras seguimos contemplando el Misterio del Dios hecho hombre, nos dejemos guiar por las palabras de san Pablo en la 2ª lectura: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama”.