Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía VII del TO-A

Salirse de lo común

07 TO-A

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A principios de febrero surgió esta noticia: Una mujer se toma la justicia por su mano y pega una paliza al presunto violador de su sobrina. Cuando nos encontramos con sucesos de este tipo, es muy común escuchar reacciones de apoyo y justificación o, por lo menos, de comprensión. Pocas personas se atreverían a criticar en público una actuación semejante aunque no les pareciera bien, y menos aún defenderían a la persona agredida, porque en el fondo pensamos que “se lo merecía”.

JUZGAR:

La impresión de que “la ley favorece al delincuente” hace que algunas personas, desengañadas de la justicia que parece no tener recursos suficientes para actuar en defensa de las víctimas, o al menos para darles una adecuada compensación, se tomen la justicia por su mano.

Por eso no es de extrañar que algunos, al escuchar las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy, las reciban como algo imposible de cumplir y que, incluso, que van contra la razón humana. Se entienden mejor las referencias al Antiguo Testamento: “Ojo por ojo, diente por diente”; “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Esto sí que es algo comúnmente aceptado.

Pero el camino de Jesús, el camino que Él mismo recorrió y que lleva a la salvación y a la vida eterna, el camino por el que nos invita a seguirle… ese camino no es el comúnmente aceptado.

Es un camino para salirse de lo común, y por eso nos cuestiona: Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Si nuestros pensamientos, criterios, reacciones… son los comúnmente aceptados, ¿en qué se nota que somos cristianos? ¿Y para qué?

Si queremos no sólo llamarnos, sino ser de verdad cristianos, seguidores de Cristo, hemos de salirnos de lo común. Pero pensamos en lo que Jesús ha dicho y nos vemos incapaces de cumplirlo. Pero ésa es una meta a largo plazo, todo tiene su proceso, y la Palabra de Dios nos da indicaciones para ir saliéndonos de lo común, y alcanzar esa meta. Como indicaba la 1ª lectura, hay que empezar por las personas más cercanas a nosotros:

No odiarás de corazón a tu hermano… No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes: es inevitable que en las familias se produzcan enfrentamientos, disputas… pero no hay que dejar que los malos sentimientos arraiguen en nuestro corazón, creando divisiones que perduren en el tiempo.

De nuestro círculo familiar pasamos a aquellas otras personas con las que habitualmente nos relacionamos: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De momento, entendemos “prójimo” en un sentido restringido, referido sólo a aquéllos que consideramos “de los nuestros”, y con quienes debemos tener una relación buena, afable, afectuosa…

Hasta ahora, seguimos el camino comúnmente aceptado. Pero como Jesús nos enseñó con la parábola del buen samaritano, “prójimo” es toda persona que se cruza en mi camino y por eso amplía el concepto hasta incluir incluso a nuestros enemigos: amad a vuestros enemigos. Y esto sí que se sale completamente de lo comúnmente aceptado.

ACTUAR:

Las palabras de Jesús nos pueden sonar a un imposible, pero si las “traducimos” a hechos de nuestra vida, encontraremos modos de aplicarlas: No hagáis frente al que os agravia… en lugar de ponernos a discutir acaloradamente al recibir una ofensa, podemos optar por callar.

Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra: en lugar de responder al mal con más mal, podemos optar por romper con la espiral de violencia.

Y ante la frase que quizá más dura nos resulta: Amad a vuestros enemigos, Jesús añade: rezad por los que os persiguen y calumnian. Éste es el primer paso que debemos dar, aunque nos cueste hacerlo, para salirnos de lo común y poder avanzar por la senda de la perfección. Y podemos dar este paso porque como nos recordaba san Pablo en la 2ª lectura: ¿No sabéis que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios (Lc 18, 27), y nosotros hemos recibido su mismo Espíritu. Jesús no nos pide un imposible. Si queremos ser de verdad cristianos, la oración constituye el primer paso que debemos dar para salirnos de lo común, como Él lo hizo.

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