Por amor

VER:
Recientemente, una persona que debía declarar en un juicio dijo que quería dejar constancia de que lo hacía “por imperativo legal”. También algunos políticos, para tomar posesión de su cargo tienen que decir una fórmula establecida, a la que ellos añaden “por imperativo legal”. Con estas palabras están expresando que lo que van a hacer lo hacen forzados, ya que por su voluntad no lo harían. Y esto ocurre también en la vida cristiana: se actúa “por imperativo legal”. Por ejemplo, algunos mandamientos se procuran cumplir sobre todo porque de no hacerlo se teme un castigo, no por convencimiento. Y en determinadas fiestas se sigue preguntando “si hoy es día de precepto o no”: si es precepto, esa persona acude a la Eucaristía; pero si no lo es, no acude, con lo cual está manifestando que va porque “la obligan”, no por su propia voluntad.
JUZGAR:
Esto ha ocurrido desde los comienzos de la Iglesia: en la 1ª lectura hemos escuchado que unos que bajaban de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban como manda la ley de Moisés, no podían salvarse. Según éstos, la salvación era consecuencia de cumplir “el imperativo legal”, no de la fe en Cristo Resucitado, lo que provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé.
El domingo pasado el Señor nos dijo: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. Porque la señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros. Este Mandamiento lo podemos querer cumplir “por imperativo legal”, pero a menudo forzados, ya que no es fácil amar al otro, sobre todo a algunos de esos “otros”. En este sentido el Papa Benedicto XVI, en su encíclica “Dios es amor”, indicó: “El amor no se puede mandar; a fin de cuentas es un sentimiento que puede tenerse o no, pero que no puede ser creado por la voluntad” (16).
Por eso Jesús nos indica que la clave para cumplir su Mandamiento no es el imperativo legal: El que me ama guardará mi palabra. El Mandamiento nuevo, que encierra en sí todos los demás, ha de cumplirse “porque amamos a Jesús”, y ésta ha de ser la razón última, y a menudo será la única, que tengamos, porque como también indicó Benedicto XVI: “Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este «antes» de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta” (17).
Si en vez de “por imperativo legal” procuramos guardar las palabras del Señor por amor a Él, descubriremos que «no se trata ya de un «mandamiento» externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros” (18).
Pero hay que tener en cuenta que “el amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor (…) implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento” (17). De ahí la necesidad de discernir en cada ocasión cómo llevar a la práctica el amor que tenemos al Señor. Es lo que hicieron los Apóstoles y presbíteros de Jerusalén ante la controversia surgida: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que no os contaminéis con la idolatría, que no comáis sangre ni animales estrangulados y que os abstengáis de la fornicación. El “imperativo legal” obliga a todos por igual, no hace distinciones, pero el amor al Señor tiene en cuenta a la persona y su situación. Por eso, los hermanos convertidos del paganismo, aunque no se circunciden, guardarán bien el Evangelio absteniéndose de esas prácticas.
ACTUAR:
¿Qué me mueve más en mi vida de fe: el imperativo legal, el precepto, o responder al amor del Señor? ¿Sé discernir en cada ocasión cómo guardar el Mandato del Señor por amor a Él?
Ser cristianos es vivir una historia de amor con Dios, y eso es lo que nos capacita para guardar sus palabras y cumplir su Mandamiento nuevo, porque “en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo «piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos», se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación «correcta», pero sin amor“, y no estaremos guardando la Palabra del Señor.