Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía IV de Cuaresma-C

He pecado

4Cuar-C

 Descargar homilía

VER:

En el tratamiento de drogodependencias y otras adicciones es esencial que la persona afectada reconozca que tiene un problema, que tome verdadera conciencia de su situación, de lo que le está pasando y de las consecuencias que le va a acarrear. Esto es válido también para otros aspectos de la vida personal y social: el primer paso para afrontar y buscar solución a los problemas que van surgiendo es reconocer que existen. Y por supuesto, esto también es válido para la vida de fe.

JUZGAR:

La Cuaresma es el tiempo en el que se hace una especial llamada a la conversión, y se preparan celebraciones penitenciales. Pero existe un problema: no es extraño escuchar decir, incluso a personas que se consideran creyentes: “Yo no necesito confesarme, no tengo pecados”.

Como indica el Catecismo Católico para Adultos de la Conferencia Episcopal Alemana: “la actitud respecto del sacramento de la penitencia como celebración de la reconciliación con Dios y del perdón de los pecados es señal de que la conciencia para el pecado (…) se ha debilitado o está adormecida o falseada en muchos cristianos (…) Se hace patente una crisis de la conciencia de pecado y de la concepción del pecado”.

Este domingo de Cuaresma, en el que hemos escuchado la conocida parábola del “hijo pródigo”, nos invita a reconocer este problema que nos afecta, individualmente y como Iglesia. El hijo menor no tiene conciencia de pecado: pide la parte que le toca de la fortuna, y la derrocha viviendo perdidamente; pero tampoco el hijo mayor tiene conciencia de pecado: sus años sirviendo a su padre sólo le llevan a indignarse contra él, contra su hermano y ni se alegra por su regreso.

Una vez reconocido el problema de la falta de conciencia de pecado, hay que buscar la raíz del mismo, que podría resumirse así: “Muchas personas de nuestro tiempo tienen dificultades en lo tocante al pecado y a la culpa. Sin duda son conscientes de sus fallos y de su fracaso cuando infringen una ley o una ordenanza o cuando hieren a otras personas (…) Pero lo que falta es la conciencia de que eso tiene algo que ver con Dios (…) no se establece ya una relación entre Dios y la propia experiencia de la vida. En consecuencia, falta también la sensibilidad para comprender que una acción mala no sólo infringe una regla o una ordenanza, sino que atenta también contra Dios”.

Pero aunque la conciencia de pecado haya desaparecido en muchas personas, el pecado existe. Simplificando mucho, podemos decir que el pecado es un “no” a Dios: un “no” que le damos en diferentes circunstancias y grados. Y decir “no” a Dios acarrea unas consecuencias: “el pecado divide al hombre y a la humanidad y crea un mundo roto en el que el mal suscita de continuo nuevo mal. Se hace patente de muchas maneras: en el desgarramiento interno del hombre, en la división de sus espacios vitales, en el matrimonio, en la familia y en el medio ambiente, en la profesión y en la sociedad, en las relaciones entre los pueblos…”

Esta división y ruptura es la experiencia del hijo menor: sufre la ruptura con su padre y hermano, con su entorno, consigo mismo… También el hijo mayor sufre estas rupturas. Como consecuencia, ninguno de los dos está viviendo a gusto, con la dignidad de hijos de su padre. Pero el hijo menor sí reconoce su problema: recapacitando se dijo… Me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Y ese reconocimiento de su problema es lo que finalmente le lleva a la reconciliación con su padre y consigo mismo.

ACTUAR:

Quizá hoy descubramos que nuestra conciencia de pecado se ha debilitado. Quizá hoy nos demos cuenta de las muchas divisiones e incluso rupturas que esa falta de conciencia de pecado ha provocado y está provocando en todas las dimensiones de nuestra vida. Quizá hoy nos demos cuenta de que, como el hijo menor, no valoramos lo que supone tener a Dios como Padre.

“Es tarea de la Iglesia predicar a los hombres el mensaje de la reconciliación”. El Miércoles de Ceniza, al iniciar la Cuaresma, escuchábamos: En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios, y hoy lo hemos vuelto a escuchar en la 2ª lectura. Es una llamada a reconocernos pecadores y por tanto necesitados de reconciliación: con Dios, con los demás, con nuestro entorno, y con nosotros mismos, pero esto sólo será posible “si hay una conciencia despierta de pecado y una concepción recta del mismo”.

Ojalá, como ocurrió al hijo menor de la parábola, salga de nuestro corazón el reconocimiento de nuestro problema: “Padre, he pecado”. Y así estemos en disposición de recibir su perdón en el Sacramento de la Reconciliación, para volver a decir “sí” a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.

Los comentarios están cerrados.