Descálzate

VER:
En algunas zonas de parques y jardines es común encontrarse con la indicación: “Prohibido pisar el césped”. También en museos y edificios históricos hay algunas zonas acotadas que no se pueden pisar por haber mosaicos muy antiguos. En lugares con suelos de parqué para entrar hay que quitarse los zapatos de calle y ponerse otros más suaves. Estas precauciones son necesarias ya que a menudo pisamos sin fijarnos en dónde estamos, y podemos provocar daños graves. Y no sólo con los pies: muchas veces “pisoteamos” a otras personas o realidades, cuando de diferentes formas no los tratamos con el respeto debido, los humillamos o usamos violencia verbal, física o emocional.
JUZGAR:
En la 1ª lectura hemos escuchado que Dios advierte a Moisés: quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado. Moisés estaba pastoreando el rebaño, y no había caído en la cuenta que había llegado al Horeb, el monte de Dios; y ahí no se puede entrar de cualquier manera, hay que “descalzarse”. Quitarse el calzado es un signo de respeto, de reverencia, de no querer manchar ese lugar sagrado con la suciedad de los caminos.
Este tercer domingo de Cuaresma nos invita a reflexionar sobre los diferentes “terrenos sagrados” por los que se desarrolla nuestra vida cotidiana, y nuestro modo de estar en ellos. Porque quizá, como le ocurrió a Moisés, no somos conscientes de cuándo estamos en “terrenos sagrados” y “entramos” de cualquier modo en ellos, sin el respeto y consideración debidos. Y son terrenos sagrados porque son diferentes formas en las que Dios se hace presente en nuestra vida.
Un aspecto de la conversión cuaresmal consiste en aprender a identificar el paso de Dios por nuestra vida. Por eso, como decía el Señor en el Evangelio, si no os convertís, todos pereceréis… Si no cambiamos nuestra actitud, “pereceremos” porque no descubrimos al que es la Vida, y nos pasará como a esa higuera de la parábola, que estaremos ocupando terreno en balde, sin dar fruto:
El primer “terreno sagrado” es el templo: ¿Cómo valoro poder disponer de un templo para orar y celebrar la fe? Desde el instante en que entro, ¿guardo y ayudo a guardar el silencio y comportamiento que favorezcan el recogimiento? ¿Colaboro en su limpieza y mantenimiento?
También es “terreno sagrado” el Equipo de Vida, el grupo de formación: ¿Preparo la reunión con antelación y seriedad? ¿Participo de forma consciente y activa? ¿Qué aporto al Equipo?
Igualmente, el otro es “terreno sagrado”: ¿Cómo me comporto con mi familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos… sean o no creyentes? ¿Sé escuchar, acoger… o les “pisoteo” si no sirven a mis intereses? ¿Cómo es mi relación con los otros miembros de mi parroquia? ¿Qué hago para que seamos “comunidad, Iglesia”? ¿He asumido algún compromiso evangelizador para dar testimonio y acompañar en la fe a otros, o me desentiendo y voy a la mía?
Y la naturaleza es el gran “terreno sagrado”: ¿Tengo hábitos ecológicos? ¿Procuro separar los residuos y reciclar, aunque me cueste? ¿Consumo lo necesario, o despilfarro? ¿Miro las etiquetas?
La respuesta sincera a estas preguntas nos indicará nuestro grado de conciencia de los diferentes “terrenos sagrados” en los que habitualmente desarrollamos nuestra vida, y también veremos si “entramos con cuidado” en ellos, si nos “descalzamos”, o bien los pisoteamos de una manera más o menos intencionada.
ACTUAR:
Como decía san Pablo en la 2ª lectura: Estas cosas sucedieron en figura para nosotros. Contemplar hoy a Moisés descalzándose al saber que está en terreno sagrado nos ha de motivar para “descalzarnos” de nuestro individualismo y falta de compromiso, de nuestro orgullo, de nuestras supuestas seguridades, para no pisotear a nada ni a nadie y no seamos estériles como la higuera de la parábola.
La Cuaresma es el tiempo en que Jesús, como el viñador, dice de cada uno nosotros: déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Él nos ofrece su Palabra, su Cuerpo y su Sangre, para que no perezcamos. Aprovechemos la oportunidad “este año” de darnos cuenta de cuántos terrenos sagrados tenemos cerca de nosotros, para convertirnos y no pisotearlos más, sino “descalzarnos” y, con humildad y confianza, podamos dar los frutos que Dios espera de nosotros.