Nos debe emocionar

VER:
En programas de televisión que tratan sobre vivencias personales, reencuentros, concursos de talentos… es frecuente ver en algún momento un primer plano de algún concursante, presentador o jurado, con el rostro surcado de lágrimas, ya que esto suele generar un aumento de la audiencia; incluso forma parte de la promoción del programa asegurar “emociones y sentimientos”. Pero a menudo se confunde “emoción” con “sensiblería”. La sensiblería es un sentimentalismo exagerado, superficial y a veces fingido; mientras que la emoción es algo mucho más serio y profundo: es una alteración del ánimo, agradable o penosa, intensa aunque pasajera, pero que deja huella en nosotros e incluso puede afectarnos corporalmente.
JUZGAR:
También en la vida de fe corremos el peligro de caer en la sensiblería. En algunas celebraciones (bautizos, bodas, comuniones e incluso en funerales) que se viven más como “actos sociales”, se introducen elementos extralitúrgicos enfocados a “provocar la emoción”: cantos, poesías y otros textos, o simplemente unas palabras de un allegado que provocan la lágrima fácil en los asistentes. En ocasiones estos elementos han sustituido a los litúrgicos porque se piensa que “son más bonitos”.
Pero también se corre el peligro de ir al otro extremo, y por temor a la sensiblería se cae en la rigidez y frialdad en la liturgia, quedando sólo una celebración de la fe “racionalista”.
Sin embargo, las personas somos seres emocionales, y por tanto, en nuestra vida de fe no podemos excluir esta parte de nosotros mismos: no debemos caer en la sensiblería, pero sí que nos hace falta más “emoción”, necesitamos que nuestra fe “nos emocione” profundamente.
Este segundo domingo de Cuaresma es el de la Transfiguración, y la Palabra de Dios nos ha mostrado varios ejemplos de cómo el encuentro con Dios “emociona” a quienes lo experimentan:
En la 1ª lectura, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo: Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes… Así será tu descendencia. Podemos imaginar la emoción alegre y profunda de Abrán ante esta promesa. Podemos recordar alguna Palabra de Dios que nos ha emocionado porque ha sido para nosotros una verdadera promesa suya.
Más tarde, un terror intenso y oscuro cayó sobre él: ante el signo de la alianza de Dios, la emoción es diferente: Abrán se siente pequeño ante Él. Podemos recordar las ocasiones en las que hemos sentido la grandeza de Dios y también hemos sentido “temor”, respeto profundo, pequeñez.
En la 2ª lectura, San Pablo decía: lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo. Las de Pablo no son unas “lágrimas fáciles”; él siente una verdadera emoción, aunque penosa, porque ve que algunos están reduciendo la fe cristiana a puras prácticas rituales. Podemos recordar las veces que a nosotros nos ha dolido, o nos duele, cómo algunas personas, a veces muy cercanas a nosotros, prescinden de la fe o la viven de un modo superficial.
Y finaliza diciendo: Hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos. Podríamos pensar que Pablo está siendo sensiblero, pero no es así, la suya es una emoción profunda que le producen los cristianos de Filipos. Podemos recordar también a esas personas que despiertan en nosotros verdaderas emociones y a los que deseamos sinceramente lo mejor.
Y en el Evangelio, ante Jesús transfigurado, Pedro exclama: Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas… Pedro ha experimentado una emoción profunda tan agradable que quisiera que no acabase. Podemos recordar también nosotros las veces en las que también podríamos repetir las palabras de Pedro, porque hemos experimentado de forma especial la cercanía de Dios.
ACTUAR:
La fe no puede ser algo racionalista. Está bien rechazar la sensiblería, pero la fe sí que nos debe emocionar: la fe surge del encuentro con Dios y, por tanto este encuentro y su celebración no nos puede dejar “fríos”, necesitamos que nos “altere el ánimo”, que nos afecte y deje huella en nosotros. Vivamos la fe en Cristo con verdadera emoción, la Eucaristía nos debe emocionar, porque entonces, como ocurrió a Pedro en la Transfiguración, estaremos viviendo el encuentro con el Señor con todo nuestro ser y, por tanto, de un modo realmente auténtico y transformador.