La gran tentación

VER:
En más de una ocasión, ante una situación difícil o una desgracia, hemos oído o nos han dicho directamente: “Si Dios existiese, no pasarían estas cosas”. O también: “Si Dios es Todopoderoso, ¿por qué ocurre esto?” Quizá incluso a nosotros mismos nos han venido estos pensamientos, porque las circunstancias de la vida, sobre todo las más dolorosas, nos llevan a cuestionar a Dios y a “pedirle explicaciones” o una demostración palpable de su poder.
JUZGAR:
El primer domingo de Cuaresma nos recuerda que la gran tentación del ser humano, recogida ya en los relatos de los primeros capítulos del Génesis, ha sido y es la de desconfiar de Dios. Una tentación de la que, por supuesto, no estamos libres quienes nos llamamos cristianos; y así, de manera más o menos directa, también nos convertimos en “tentadores” del Señor, para que actúe como nosotros pensamos que debe hacerlo. Por ejemplo, como hemos escuchado en el Evangelio:
Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan. Si eres Hijo de Dios, ¿por qué permites que muera la gente de hambre y haya tanta pobreza y tanto paro? Acaba con eso de una vez.
Si tú te arrodillas ante mí, todo [el poder y la gloria] será tuyo. ¿Por qué la Iglesia, y nosotros como sus miembros, está perseguida en muchos lugares, o es despreciada o simplemente ignorada? ¿Por qué hay que aguantar burlas y blasfemias? ¿Por qué no actúas con dureza contra quienes la atacan?
Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”. Si eres Hijo de Dios, ¿por qué aunque creemos en Ti nos ocurren cosas malas, o sufrimos enfermedades y accidentes? ¿Por qué no nos proteges para que podamos vivir tranquilos y seguros?
Son preguntas muy lógicas, pero para las que no encontramos una respuesta que nos satisfaga; y por eso, podemos quedarnos en una resignación fatalista, o incluso decidimos prescindir de Dios.
Pero el Señor sí que nos da respuesta a esas preguntas, aunque no sea la que nosotros quisiéramos, y el tiempo de Cuaresma nos ofrece la oportunidad de “avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud” (Oración colecta). Y ante nuestras preguntas “tentadoras”, Él nos sigue respondiendo:
No sólo de pan vive el hombre. ¿Sólo nos fiamos en el “hambre” material? ¿No pensamos en otras “hambres”: de justicia, de amor, de sentido… hambre de Dios? ¿Hacemos algo al respecto? Y frente al hambre y la pobreza material, ¿conocemos la Doctrina Social de la Iglesia, que recoge lo que Dios ha dicho frente a esas situaciones? ¿Somos generosos y solidarios con los más desfavorecidos, o esperamos que se produzcan soluciones mágicas sin comprometernos nosotros?
Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto. Si pensamos que desde el poder y la gloria se consiguen resultados, tendríamos que recordar cuál ha sido y es el estilo de actuar de Dios, que no ha sido el del poder y la fuerza, sino el que San Pablo recoge en la carta a los Filipenses y que si queremos ser discípulos suyos también debemos asumir: Tened los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús, el cual, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos… (Flp 2, 5-7)
Está mandado: “No tentarás al Señor tu Dios”. El sufrimiento, la muerte… cuestionan nuestra fe en Dios porque creemos que es como un “seguro de vida”, pero tendríamos que recordar que Jesús, siendo el Hijo de Dios, quiso someterse incluso a la muerte, y una muerte de Cruz (Flp 2, 8) por nosotros, para que aun en esas situaciones sigamos confiando en Él, porque como dice la Carta a los Hebreos: Por eso tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos… como Él mismo ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella (Hb 2, 17-18).
ACTUAR:
La gran tentación del ser humano es desconfiar de Dios y cuestionarle porque su actuar no se ajusta a nuestros criterios. Frente a esta tentación, la Cuaresma es un tiempo propicio para que, con nuestra oración, ayuno y limosna, podamos profundizar en nuestra fe. Aprovechémosla para “avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud”, porque como recordaba san Pablo en la 2ª lectura, “nadie que cree en Él quedará defraudado”.