Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía del 32 TO-B

¿Apuestas por Dios?

32 TO-B

Descargar homilía

VER:

Desde hace un tiempo encontramos multitud de anuncios de casas de apuestas, loterías y juegos de azar de diferentes tipos, y junto con dicha publicidad se incluye, en letra pequeña, una advertencia: “Juega con responsabilidad”. Pero apostar, además de arriesgar cierta cantidad de dinero en la creencia de que algo, como un juego, una contienda deportiva, etc., tendrá tal o cual resultado, es también depositar la confianza en otra persona o en una idea o iniciativa que entraña cierto riesgo. Y en este caso también hay que ser responsables a la hora de apostar por alguien. En este sentido, durante una presentación de la Acción Católica General, la persona que hizo la introducción puso el siguiente ejemplo a los asistentes: “Imaginaos que os propongo una apuesta, a cara o cruz. Si sale cara, entre todos vosotros me daréis 5 euros a mí; si sale cruz, yo daré 5 euros para todos vosotros. En principio, es una apuesta fácil y no habría problema en aceptarla. Pero imaginaos que ahora os propongo otra apuesta a cara o cruz: si sale cara, cada uno de vosotros me va a dar 1.000 euros a mí; si sale cruz, yo daré 1.000 euros a cada uno de vosotros. ¿Estaríamos ahora dispuestos a correr el riesgo?”

JUZGAR:

La Palabra de Dios en este domingo nos ha mostrado el ejemplo de dos mujeres que, (pensaríamos nosotros), no son responsables a la hora de apostar sus bienes. En la 1ª lectura, una mujer de Sarepta está pasando una situación muy crítica: además de ser viuda tiene un hijo, y como indica a Elías: Te juro por el Señor tu Dios que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina y un poco de aceite. El Evangelio nos ha mostrado en el templo a una viuda pobre, que pasa necesidad.

Ambas mujeres tenían razones para ser responsables y guardarse sus escasos bienes. Nadie habría reprochado a la viuda de Sarepta que pensase sólo en su hijo y en sí misma, aunque haya perdido toda esperanza: Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos. Nadie hubiera reprochado a la viuda pobre del Evangelio no haber echado nada al cepillo del templo.

Pero el profeta Elías propone a la viuda una apuesta: primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Puede parecer un tremendo acto de egoísmo por parte de Elías, pero a continuación le ofrece la razón para aceptar dicha apuesta: Porque así dice el Señor Dios de Israel: la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará… La apuesta que debe hacer la viuda es muy grande, pero está sustentada por el mismo Dios; por eso la viuda, que reconoce que Elías es un profeta de Dios, acepta la apuesta, confía, “apuesta por Dios”.

La viuda del Evangelio, por su parte, no recibe ninguna invitación a apostar sus dos reales, pero sabe que todo israelita debe contribuir al sostenimiento del culto en el templo, y aunque podría sentirse eximida de esa obligación, ella confía en Dios, “apuesta por Dios”, y echó sus dos reales.

La apuesta por Dios que hacen ambas mujeres, la confianza que tienen en Él, tiene un resultado que sobrepasa sus previsiones. A la viuda de Sarepta ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías. Y la viuda del Evangelio es puesta por Jesús como modelo para los discípulos: esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

ACTUAR:

El ejemplo de estas dos mujeres nos cuestiona respecto a nuestra confianza en Dios. ¿Apuesto de verdad por Él? ¿Me fío de Dios y de sus representantes? ¿Tengo en cuenta la Palabra de Dios a la hora de tomar decisiones importantes? ¿Estoy dispuesto a seguir esa Palabra, aunque me suponga cambiar de ideas y proyectos? ¿Cómo contribuyo al sostenimiento de la Iglesia y su misión evangelizadora? ¿Aporto “de lo que me sobra”, o “de lo que necesito”?

Es cierto que apostar por Dios conlleva un riesgo, y no hay que actuar de forma irresponsable pensando que “Dios es bueno y no permitirá que me pase nada malo”. Pero la razón para apostar por Él la hemos escuchado en la 2ª lectura: porque antes Él ha apostado por nosotros, entregándose totalmente, hasta la muerte de cruz, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.

Ojalá, como las dos viudas pobres, apostemos por Dios en todas las dimensiones de nuestra vida, y confiando en Él, estemos dispuestos en el día a día a entregarle todo lo que somos y tenemos.

Los comentarios están cerrados.