El Dios en el que creemos

VER:
El tema 29 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo” se titula: “El Dios en el que creemos los cristianos”, y en su introducción indica que se van a considerar las características del Dios en el que creemos los cristianos: el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios que ha enviado a nuestros corazones el Espíritu Santo, el Dios que en sí mismo es Amor. Al leer este párrafo, en el Equipo de Vida se apuntó que esta afirmación, siendo verdadera, es difícil de explicar a personas que atraviesan situaciones de mucho sufrimiento. Y surgen preguntas: ¿Cómo vamos a decirles que Dios es Amor? ¿Por qué, si es Amor, no hace algo y no impide tanto dolor?
JUZGAR:
Pero el tema continúa: Este Amor, no cualquiera, sino el que se revela en Jesucristo… El Dios en el que creemos no es un amor semejante al que nosotros conocemos: es un Amor que va más allá de lo que podemos imaginar, y para que creamos en ese Amor, se nos ha dado a conocer en Jesucristo.
Y la Palabra de Dios de este domingo nos ofrece algunas indicaciones para entrar en ese misterio de Amor que es el Dios en el que creemos los cristianos. En el Evangelio, Jesús decía: el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. El Dios en el que creemos se ha encarnado, se ha hecho hombre en Jesucristo para dar su vida por nosotros: es un Amor entregado hasta el extremo.
Como recordaba la 2ª lectura, el Dios en el que creemos, al Encarnarse, no ha permanecido apartado de lo que conlleva la condición humana, limitándose a decir bonitas palabras: No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades. Él ha querido experimentar el dolor y el sufrimiento en toda su dureza y crudeza: ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. El Dios en el que creemos, que es Amor encarnado, no explica el porqué del dolor y del sufrimiento, sino que lo asume, lo hace suyo, situándose junto a quienes lo padecen, “com-padeciendo”, sintiendo y sufriendo con ellos.
Pero este “com-padecer” va más allá de ser un mero acompañamiento o solidaridad con los que sufren, como cuando nosotros “acompañamos en el sentimiento” a alguien. El Dios en el que creemos, al dar su vida en rescate por muchos, da un sentido al dolor y al sufrimiento, como hemos escuchado en la 1ª lectura, en ese cuarto cántico del Siervo del Señor. Comienza afirmando con crudeza: El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. El Siervo, figura de Jesús, atraviesa una situación terrible, como tantos que son “triturados” por las circunstancias de la vida; pero Jesús ha venido a dar su vida en rescate por muchos, y por eso indica el profeta: cuando entregue su vida como expiación… lo que el Señor quiere prosperará por sus manos. A causa de los trabajos de su alma, verá… El Dios en el que creemos, que se revela en Jesucristo, y que porque es Amor se entrega hasta el extremo por nosotros, nos muestra que el sufrimiento y el dolor no son estériles y sin sentido. Unidos a Él, el Siervo que ha sido triturado, probado en todo exactamente como nosotros, veremos que se cumple lo que indica la traducción de este pasaje en la Biblia de La Casa de la Biblia: Después de una vida de aflicción, comprenderá que no ha sufrido en vano (Is 53, 11). El misterio del dolor y del sufrimiento sigue siendo un misterio pero Jesucristo, al dar su vida, nos ofrece una luz de esperanza, y por Él podemos creer en el Dios Amor, porque no es un Amor cualquiera sino el que se revela en Jesucristo.
ACTUAR:
¿Me he preguntado alguna vez cómo afirmar que Dios es Amor? ¿Creo que el dolor y el sufrimiento pueden tener un sentido gracias a Jesucristo, si nos unimos a Él?
Cuando nos encontremos con quienes padecen sufrimiento y dolor, y nos preguntemos cómo podemos decirles que el Dios en el que creemos es Amor, tengamos presente a Jesucristo dando su vida por todos, y también estas palabras de Benedicto XVI: Con frecuencia, la raíz más profunda del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios (…) El amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos impulsa a amar. El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor. Sabe que Dios es amor (1 Jn 4, 8) y que se hace presente justo en los momentos en que no se hace más que amar. En consecuencia, la mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor (Dios es Amor, 31.c).