Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XXVIII del TO-B

Con sólo una mirada

28 TO-B

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VER:

Uno de los primeros rasgos físicos en que nos fijamos al conocer a otra persona es en los ojos, sobre todo en su color. Y después, más allá de las características físicas, nos fijamos en la mirada de esa persona, porque como escribió Gustavo Adolfo Bécquer: el alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada (Rima XX). Y es que hay miradas expresivas, que transmiten sentimientos: miradas de odio; que matan; miradas que compadecen; miradas que advierten; miradas frías; miradas que animan; miradas tristes, miradas que acarician, miradas perdidas, miradas bondadosas, miradas ruines, miradas que aman… Una mirada de alguien a quien amamos puede hundirnos o puede alegrarnos el día, porque la mirada es poderosa, como cantaba Marta Sanchez con el grupo Olé-Olé: “Con sólo una mirada, con sólo una palabra, me puedes aliviar, me puedes destrozar, me puedes convencer.”

JUZGAR:

En el Evangelio hemos escuchado el encuentro de Jesús con un joven rico. Este pasaje aparecen en los tres Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), pero sólo San Marcos nos transmite un detalle: cuando el joven le dice que desde pequeño ha cumplido los mandamientos, Jesús se le quedó mirando con cariño.

Hay muchos mensajes y puntos de reflexión contenidos en este pasaje evangélico, pero hoy nos fijaremos en la mirada de Jesús, para sentirnos mirados con cariño por Él.

Porque de lo contrario, nos ocurrirá como al joven rico: nos acercamos a Jesús pensando sólo en heredar la vida eterna, y queremos que nos diga “lo que debemos hacer”; solemos tener muy presente “todo eso que hemos cumplido desde pequeños”, como si lleváramos un registro contable; pero aunque nos situemos ante Jesús, sino le miramos, sino lo contemplamos, no nos daremos cuenta de cómo nos mira Él y por eso, ante su invitación a seguirle, sólo pensaremos en todo aquello a “lo que hemos de renunciar” y como el joven rico, acabaremos “frunciendo el ceño” y nos marcharemos pesarosos.

Necesitamos descubrir la mirada de Jesús, que aparece varias veces a lo largo de los Evangelios. La mirada de Jesús no es general ni superficial, se fija siempre en la persona, en su individualidad, en ese “tú” concreto que somos cada uno de nosotros. La mirada de Jesús es expresiva, bondadosa, es una mirada de amor, una mirada que llega hasta el corazón de la persona para aliviarla y animarla, para hacerle descubrir “esa cosa que le falta”, como le ocurría al joven rico, en el camino de su vida, y para convencerla de que merece la pena seguirle aunque haya que hacer renuncias.

Por eso, la mirada de Jesús es poderosa, porque puede transformar nuestra vida. Es cierto que físicamente no podemos ver su mirada, pero por la fe podemos sentirnos mirados por Él. La mirada de Jesús nos llega por medio de su Palabra; la mirada de Jesús nos llega por medio de la oración; la mirada de Jesús nos llega por medio de la celebración de nuestra fe, porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 20); la mirada de Jesús nos llega por medio de la formación cristiana, tal como la entendemos en Acción Católica General, que no consiste en adquirir conocimientos sino en poner a la persona en contacto con Cristo. La mirada de Jesús nos llega por medio del Equipo de Vida, y también cuando nos comportamos como prójimos, sobre todo de los más necesitados, porque cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis (Mt 25, 40).

ACTUAR:

¿Cómo es habitualmente mi mirada? ¿Recuerdo alguna mirada que me haya impactado? ¿Me siento mirado con cariño por Jesús? ¿“Frunzo el ceño” ante su invitación a seguirle de verdad?

Si le dejamos, con sólo una mirada, Jesús puede transformar nuestra vida. No caigamos en el error del joven rico, dejémonos mirar por el Señor, porque soy muchas las ocasiones que se nos presentan para sentirnos mirados con cariño por Él.

Y un primer paso, al alcance de todos, sería hacer como aquel campesino de la parroquia de Ars que pasaba horas en la iglesia, con su mirada fija en el Sagrario; y cuando el santo cura le preguntó qué hacía ahí tanto tiempo, respondió: «Nada, yo lo miro a Él y Él me mira a mí».

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