Dormir y despertar

VER:
En la novela de A. C. Clarke “2001, una odisea espacial”, el ordenador de la nave, Hal-9000, comete una serie de fallos y el protagonista le amenaza con desconectarlo. Y hay una frase que me llamó la atención cuando leí esta novela: Para Hal, esto era el equivalente de la muerte. Pues él no había dormido nunca; y en consecuencia, no sabía que se podía despertar de nuevo. Todos tenemos experiencia de lo que es dormir, y de lo que agradecemos poder dormir porque sabemos que nos va a permitir afrontar el nuevo día en mejores condiciones que al acostarnos. Y aunque en algunas oraciones de la noche nos encomendamos a Dios “por si morimos”, lo normal es que no sintamos miedo al ir a dormir, porque todos esperamos despertarnos al día siguiente.
JUZGAR:
La muerte es el gran interrogante, la gran incógnita a la que nos vemos enfrentamos. Y a menudo se compara la muerte con el sueño, y viceversa. Así lo dice un himno de Completas: El sueño, hermano de la muerte, a su descanso nos convida; guárdanos Tú, Señor, de suerte que despertemos a la vida. Y durante la liturgia eucarística, al conmemorar a los difuntos, decimos: Acuérdate también, Señor, de tus hijos que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz (I); Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección (II). Estas palabras expresan la fe en la resurrección, que a su vez es comparada como un despertar a la verdadera vida.
Sin embargo, la muerte supone para el ser humano un choque brutal, como un muro ante el cual se estrellan todos los proyectos y esperanzas. Es normal que incluso la fe se tambalee en esos momentos, porque lo que queda es la percepción de que todo ha terminado definitivamente.
Así lo hemos escuchado en el Evangelio. Jairo, el jefe de la sinagoga, ante la grave enfermedad de su hija, ruega a Jesús: ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jairo representa a tantas personas que se dirigen a Dios ante la realidad de la enfermedad o de la proximidad de la muerte; pero cuando ésta acaba produciéndose, reaccionamos pensando que ya no hay nada que hacer ni tiene sentido esperar nada (Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?).
Algunos han dicho que la muerte es la única certeza que tiene el ser humano. Pero nosotros creemos en el Dios de la vida, que se nos ha ido revelando progresivamente hasta alcanzar su plenitud en Jesús, el Hijo hecho hombre, muerto y resucitado para nuestra salvación; y por eso, junto con la certeza de la muerte, tenemos la certeza que nos da la fe en Jesucristo.
Es el testimonio de San Pedro y San Pablo, que dieron la vida por Cristo y profesaron su fe en la Resurrección: Se lo decía San Pablo a Timoteo en la lectura del día: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.
Y desde esa fe, ante la certeza de la muerte tenemos presentes las palabras que hemos escuchado en la 1ªlectura: Dios no hizo la muerte… Dios creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza. Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo… Los creyentes no negamos la realidad de la muerte, pero ante ella volvemos a escuchar las palabras de Jesús a Jairo: No temas, basta que tengas fe.
Y desde esa fe, creemos a Jesús cuando también nos dice: La niña no está muerta, está dormida. Jesús, al comparar la muerte con dormir, nos está diciendo que para Dios no existe la muerte definitiva, y menos aún para los seres humanos, las únicas criaturas que somos imagen y semejanza suya.
ACTUAR:
¿Cómo afronto yo la certeza de la muerte, la ajena y la propia? ¿La fe en Cristo resucitado me ayuda a expulsar el lógico temor humano ante la muerte?
Como le ocurrió a Jesús, no faltarán quienes se rían de nosotros porque consideramos la muerte como “dormir para despertar”. Pero nosotros no negamos la realidad, a veces muy dolorosa, de la muerte sino que, frente a ella, afirmamos nuestra fe en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, porque Él aceptó la muerte, uno por todos, para librarnos del morir eterno; es más, quiso entregar su vida para que todos tuviéramos vida eterna (Prefacio II de difuntos). Y por eso nos mueve la certeza de que la victoria final se halla asegurada; será no del mal, sino del Bien, no de la muerte, sino de la Vida. Ésta es la gran promesa del Resucitado (IFCA “Ser cristianos en el corazón del mundo”, Tema 30).