Pelagianos y culpables

VER:
En una serie norteamericana de televisión, hablando de un personaje, se dijo: “Es católico, por lo que está lleno de culpas”. Y en un artículo sobre el rey Felipe II, también católico, se hacía referencia a “un sentimiento de culpa derivado de su fuerte religiosidad”. De hecho, una de las fórmulas del acto penitencial al comenzar la Eucaristía dice: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Lamentablemente, demasiado a menudo se ha presentado la fe católica como una carga, un conjunto de normas morales y preceptos unidos a la imagen de un Dios juez y castigador, con amenazas de condenación. No es de extrañar que la fe católica se perciba como algo que oprime a las personas y generándoles conflictos internos, a veces muy graves.
JUZGAR:
Durante mucho tiempo en la Iglesia se ha insistido en la última frase de la 2ª lectura de hoy: Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida. No hay que negar la verdad de esta frase, ni hay que caer en un “buenismo” pensando que Dios es un Padre consentidor que terminará perdonándolo todo. Pero desde una visión rigorista de la fe, al escuchar estas palabras nos empeñamos en hacer y hacer y hacer para evitar el “castigo”, y entonces caemos en el pelagianismo, una antigua herejía que afirmaba que el hombre, por sí mismo, sólo ejercitando las virtudes morales y religiosas contenidas en los Evangelios, podía evitar el pecado y conquistar la vida eterna, sin necesidad de la Gracia.
Como indica el Papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate, aún hoy los corazones de muchos cristianos, quizá sin darse cuenta, se dejan seducir por estas propuestas engañosas (35). De este modo nos convertimos en “los nuevos pelagianos”: Todavía hay cristianos que se empeñan en seguir [el camino] de la justificación por las propias fuerzas (57); y esto tiene unas consecuencias: por pensar que todo depende del esfuerzo humano encauzado por normas y estructuras eclesiales, complicamos el Evangelio y nos volvemos esclavos (59).
Y como experimentamos que no podemos cumplir todo lo que el Evangelio nos pide, y pecamos, surgen en nosotros esos fuertes sentimientos de culpa por no estar “a la altura” de lo que pensamos que se nos exige. Además de “pelagianos”, nos sentiremos “culpables”.
Sin embargo, la fe católica es liberadora, porque la Iglesia enseñó reiteradas veces que no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la Gracia del Señor que toma la iniciativa (52). Y desde esta perspectiva no debemos olvidarnos del comienzo de la 2ª lectura: Siempre tenemos confianza. Una confianza que no se basa en nosotros y nuestras fuerzas y empeños, sino lo que Jesús nos ha dicho en el Evangelio: que el Reino de Dios es como esa semilla que un hombre echa en tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. O como el grano de mostaza, que al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas… Estas semillas tienen en sí mismas la capacidad de germinar, no es el sembrador quien lo hace; del mismo modo, el Reino de Dios tiene en sí mismo la capacidad de crecer, y aunque Dios ha querido contar con nosotros, su crecimiento no depende de nuestros empeños y esfuerzos.
Es verdad que todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo… Pero no seamos pelagianos: si mientras vivimos hemos procurado sembrar lo mejor que hemos sabido, si no hay frutos podremos sentirnos decepcionados, pero no culpables, porque que haya o no fruto no es cosa nuestra, sino de Dios, como decía la 1ª lectura. Yo soy el Señor… que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos.
ACTUAR:
¿La fe católica me genera sentimientos de culpa, o la siento como liberadora? ¿Caigo en el pelagianismo? ¿Cómo evalúo mi “siembra” del Reino? ¿Confío en la Gracia de Dios?
No seamos “pelagianos y culpables”. Como dice el Papa, si no advertimos nuestra realidad concreta y limitada, tampoco podremos ver los pasos reales y posibles que el Señor nos pide en cada momento (50). Se trata de ofrecernos a Él, de entregarle nuestras capacidades y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros (56), como esa semilla que crece ella sola, sin que nosotros sepamos cómo.