Nos falta sabor

VER:
Desde hace tiempo, un problema que afecta a casi todas las frutas y hortalizas, y del que se quejan los consumidores, es la pérdida de sabor. Esto se debe a que los fabricantes de semillas o nuevas variedades han dado prioridad en los últimos años a la apariencia de frutas y hortalizas en detrimento del sabor. Sin embargo, la mayoría de los consumidores preferirían pagar un poco más al comprar estos productos si eso significa que van a disfrutar del sabor que deben tener.
JUZGAR:
Esa apariencia “bonita” pero falta de sabor no es algo que afecte sólo a frutas y hortalizas. También nos afecta a los cristianos. Parece que las cosas salen más o menos bien, pero como ya advertía en 2013 el material “Ser y misión de la Acción Católica General, llamados y enviados a evangelizar”, nos movemos en un ambiente predominante de pesimismo, de debilidad, de falta de entusiasmo y de pérdida de esperanza por parte de los cristianos. No busquemos el problema en los demás, porque el problema está básicamente en nosotros mismos. Se constata un menor pulso vital de nuestras parroquias, comunidades y diócesis.
En esta situación, como ocurre con frutas y hortalizas, procuramos mantener las apariencias, pero en realidad esta falta de intensidad hace que se impregne en nosotros un estilo vago y de escaso compromiso. Nos conformamos con mantener lo que tenemos, quedando adormecida nuestra dimensión misionera.
Y, como consecuencia, nos advertía el Papa Francisco en “Evangelii gaudium” 95: Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo. No lleva el sello de Cristo encarnado, crucificado y resucitado (…) Ya no hay fervor evangélico.
Por eso, en este tiempo de Pascua en el que celebramos especialmente a Cristo Resucitado, debemos sentirnos especialmente interpelados por sus palabras que hemos escuchado en el Evangelio de hoy: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto. Esa sensación de “poda” la experimentamos al comprobar que Dios ha dejado de ser el fundamento del orden social y el principio integrador de la cultura. De una afirmación social masiva, pública e institucional de Dios se ha pasado a una situación de indiferencia religiosa, cada vez más generalizada. La cuestión de Dios deja indiferente a un número cada vez mayor de personas.
Pero, lejos de ver esta realidad como una catástrofe, hemos de verla como una llamada y un reto: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada. La llamada es a “recuperar el sabor”, permaneciendo más unidos al Señor, porque hoy apenas se reza en los hogares y el ritmo de vida que llevamos nos dificulta el recogimiento y el silencio. Además, la actividad a la que nos vemos sometidos y el bombardeo de noticias y sensaciones que recibimos de los medios de comunicación nos vacían y nos dispersan. Para permanecer en el Señor, hemos de trabajar para que, individual y comunitariamente, la espiritualidad sea el pilar básico que sustente e impulse todo nuestro ser y toda nuestra acción, porque la falta de “sabor” se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios (EG 97).
Y el reto es que los demás no vean sólo nuestra apariencia, sino que noten nuestro “sabor”, como hemos escuchado en la 2ª lectura: no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. La espiritualidad cristiana, permanecer en el Señor, es para dar fruto abundante, por eso es una síntesis entre oración y compromiso apostólico, experiencia espiritual y compromiso en el mundo, contemplación y acción, sentido de Iglesia y sensibilidad social (Proyecto de ACG “A vino nuevo, odres nuevos”).
ACTUAR:
¿Noto que como cristiano “me falta sabor”? ¿Y como comunidad parroquial? ¿Procuro y procuramos mantener las apariencias? ¿Cómo puedo permanecer mejor en el Señor? ¿Qué frutos doy para que otros puedan notar mi “sabor cristiano”?
La pérdida del sabor evangélico es un peligro que nos acecha. Para no quedarnos en apariencias, necesitamos renovar nuestra experiencia de encuentro con el Señor Resucitado y permanecer unidos a Él, de modo que su “savia” nos devuelva el “sabor” y podamos dar fruto. Por eso la Acción Católica General asume la “espiritualidad de la acción”, porque supone una prolongación de la acción creadora de Dios, no amando de palabra ni de boca, sino con obras, encarnando el Espíritu de Jesucristo, que es acción, en la vida cotidiana, para darle el sabor evangélico que necesita.