Pero, ¿qué más queremos?

VER:
A veces pedimos explicaciones de algo y, cuando nos las dan, no nos quedamos satisfechos, y seguimos pidiendo más datos, más aclaraciones… hasta que al final la persona a la que se lo estamos pidiendo, con cierto hartazgo y desesperación, nos dice: “Pero, ¿qué más quieres?” Ya nos ha dicho todo lo que tenía que decir; si seguimos sin entenderlo, no es su responsabilidad, somos nosotros quienes deberemos aceptar y entender lo que se nos ha dicho.
JUZGAR:
Estamos ya en el tercer domingo de Pascua, y seguimos contemplando las apariciones de Jesús Resucitado a sus discípulos. Como escuchábamos en la Vigilia Pascual, María Magdalena y las otras mujeres ya habían contado a los discípulos el anuncio de la Resurrección que habían recibido al ir al sepulcro. Y el domingo pasado escuchamos que se había aparecido a los discípulos, que estaban en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esa ocasión, Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos; y por eso a los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos, llegó Jesús, estando cerradas las puertas y se puso en medio.
También se había aparecido a los dos discípulos que iban camino de Emaús, que como hemos escuchado hoy, contaban lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Y estaban hablando de estas cosas, cuando se les presenta Jesús en medio de ellos. Podríamos pensar que ya no deberían sorprenderse, porque ya han tenido suficientes muestras de que Jesús había resucitado.
Sin embargo, hemos escuchado su reacción: Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Los discípulos no son personas crédulas, a pesar de que Jesús se lo anunció, y a pesar de las anteriores apariciones del Resucitado, ellos no acaban de creérselo.
Y ante su reacción, Jesús les dice: ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Parece que les esté diciendo: “Pero, ¿qué más queréis?” Una pregunta que también nos hace a nosotros.
Porque quizá en nosotros, a pesar de que afirmamos creer en la Resurrección, a pesar de haber celebrado la Pascua tantas veces… también pueden surgir dudas en nuestro interior, y no acabamos de creer de verdad que Jesús ha resucitado, incluso que todo esto son “fantasmas”, ilusiones.
Pero Jesús no deja por imposibles a sus discípulos, sino que continúa ayudándoles a que acepten su resurrección, con diferentes ejemplos:
Mirad mis manos y mis pies; soy yo en persona. Sus manos y pies muestran las señales de los clavos. ¿Sabemos reconocer a Jesús Resucitado en tantas personas que llevan en su cuerpo o en su espíritu las marcas de algún padecimiento, pero que siguen luchando y manteniendo la fe y la esperanza?
Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. ¿Sabemos reconocer la presencia del Resucitado en personas de carne y hueso, de nuestro entorno, pero que viven su fe de tal modo que con sus palabras y obras están transparentando al mismo Cristo?
Sin embargo, los discípulos no acababan de creer por la alegría y seguían atónitos, y le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Como siguen sus dudas, Jesús realiza un gesto cotidiano, ordinario: comer. También nosotros, a veces, nos movemos en ese “demasiado bonito para ser verdad”, no acabamos de creer. ¿Sabemos reconocer a Jesús hasta en lo más ordinario de nuestra vida?
Por último, les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Ahí podrán entender que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de Él se había cumplido. ¿Conocemos la Escritura, la leemos habitualmente, la comprendemos?
ACTUAR:
¿Cómo estoy viviendo la Pascua? ¿Me está ayudando a creer más en Jesús Resucitado, o todavía surgen dudas en mi interior? ¿Creo que el Resucitado está presente en las personas de mi entorno, en mi vida ordinaria, en la Escritura? ¿Reconozco a Jesús al partir el Pan, en la Eucaristía?
Tenemos muchas razones para creer en Jesús: ¿qué más queremos? No necesitamos más. Como los discípulos, aprendamos a descubrir su presencia, para que, como Pedro en la 1ª lectura, podamos afirmar convencidos y sin miedo: Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos.