Despojo y silencio

VER:
Si ayer decíamos que algo que llama la atención en el Jueves Santo es que “no se acaba la Misa”, hoy, Viernes Santo, lo que llama la atención nada más entrar en el templo es el despojo. Tras la Misa Vespertina de la Cena del Señor, las rúbricas prescriben que se despoje el altar, de modo que quede desnudo por completo: sin cruz, sin candelabros, sin manteles; y este signo atrae la atención y ya indica el carácter de la celebración de hoy. El altar representa a Cristo: por tanto, el despojo del altar representa a Cristo despojado. Y ante Cristo despojado, la actitud adecuada es el silencio.
JUZGAR:
Junto con el despojo, el silencio es el segundo elemento propio del Viernes Santo. La liturgia de hoy señala que celebración de la Pasión del Señor comienza en silencio; el sacerdote se dirige al altar y, hecha la debida reverencia, se postra rostro en tierra y todos oran en silencio durante algún espacio de tiempo. Seguidamente el sacerdote se dirige a la Sede y no dice “Oremos”, sino que directamente dice la oración. Y al finalizar la homilía, el sacerdote puede invitar a los fieles a que permanezcan en oración silenciosa durante un breve espacio de tiempo.
La contemplación del despojo y la actitud de silencio deben ser las claves que hoy nos ayuden a vivir la Pasión del Señor, de modo que también nos despojemos de nuestros pensamientos, de nuestras preocupaciones, de nuestros esquemas y dejemos que cale en nosotros la Palabra de Dios.
En la 1ª lectura hemos contemplado al Siervo despojado de todo, hasta el punto que desfigurado no parecía hombre… sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, que soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… traspasado por nuestras rebeliones… maltratado… como un cordero llevado al matadero… Ante el Siervo, figura de Jesús, no nos queda otra que guardar silencio, enmudecer.
En el Salmo también hemos escuchado el grito del que se siente despojado del afecto de los demás, incluso de los más cercanos: Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos; me ven por la calle y escapan de mí. Me han olvidado… me han desechado… Este Salmo refleja lo que Jesús experimentó en su Pasión, y ante su enorme soledad, sólo cabe el silencio.
En la 2ª lectura hemos contemplado a Jesús sufriendo cuando a gritos y con lágrimas presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte… Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. La impresión por la inmensa angustia de Jesús de nuevo nos lleva al silencio.
Y en la Pasión según san Juan contemplamos a Jesús viviendo esos momentos con plena conciencia, como dueño de la situación porque sabe que es “su hora”, y por eso se muestra valiente ante los judíos y ante Pilato, lleno de ternura hacia su Madre y el discípulo amado, y puede exclamar por fin: Está cumplido, con la certeza de haber llevado a término la voluntad del Padre. Ante Jesús en la cruz, que aun habiendo sido despojado de todo se muestra como verdadero Señor, sólo debemos guardar silencio, porque ante el Crucificado todas las palabras sobran.
ACTUAR:
El Viernes Santo es el día del despojo y del silencio. No sólo el de Jesús, sino también el nuestro. La celebración de la Pasión del Señor es una invitación a despojarnos de nuestros esquemas, de nuestras pretensiones, de nuestros cálculos… y en silencio sentirnos también desnudos, despojados. Si hoy nos ponemos ante el Crucificado y no sentimos que se nos cae todo, es que realmente no lo hemos contemplado.
Y en silencio, despojados, contemplando al Crucificado, re-cordemos, volvamos a pasar por nuestro corazón otras Palabras que hoy hemos escuchado: A causa de los trabajos de su alma… mi siervo justificará a muchos (1ª lectura); Yo confío en ti, Señor… Sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el Señor (Salmo); Probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado… se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna (2ª lectura); Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad (Pasión).
Como María al pie de la cruz, hoy “estemos” ante el Crucificado, sintiéndonos despojados y en silencio, pero con un profundo sentimiento de gratitud al Padre, porque en la Pasión de su Hijo nos ha dado la mayor prueba de su amor y la esperanza de la Resurrección.