Objetivo cuaresmal

VER:
La oración colecta de hoy comienza así: Al celebrar un año más la santa Cuaresma… y podemos pensar que, al igual que ocurre con otras celebraciones que se repiten todos los años, ahora vamos a comenzar “lo mismo de siempre” y que “ya sabemos de qué va”. Pero la oración continúa así: Concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. Queda claro que la Cuaresma no es una mera repetición de “lo de siempre”: oraciones, ayunos, penitencias, Via Crucis… sino una invitación a acercarnos más y mejor al misterio de Cristo, al misterio que es Cristo. Porque aunque seamos cristianos “de toda la vida”, Cristo suscita en nosotros muchos interrogantes. Y si no es así, es que no estamos viviendo bien nuestra fe.
JUZGAR:
Por tanto, necesitamos marcarnos un objetivo para la Cuaresma: celebrarla “un año más”, pero que no sea “lo de todos los años”. Hoy comienza por tanto un tiempo privilegiado para centrarnos más en Cristo y ver qué nos cuestiona de Él, qué no entendemos. Es un tiempo para avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo, para buscar respuestas, para aclarar dudas, para unirnos más a Él.
Y la Palabra de Dios nos ayuda a plantearnos algunos interrogantes. En la 1ª lectura hemos escuchado el relato de la primera alianza entre Dios y los hombres: Yo hago un pacto con vosotros y vuestros descendientes. Y podemos preguntarnos: ¿Por qué Dios, sin necesitarlo, ha querido tener esta relación con el ser humano? ¿Por qué, a pesar de que el ser humano ha roto una y otra vez ese pacto, esa alianza, Dios siguió permaneciendo fiel y renovó su alianza con Abraham, con Moisés…? ¿Por qué quiso hacer una alianza nueva y eterna por medio de su Hijo? ¿A qué nos compromete?
En la 2ª lectura hemos escuchado que Cristo murió por los pecados… el inocente por los culpables… Y podemos preguntarnos: ¿Por qué tuvo que morir Cristo, no podía haber hecho las cosas de otro modo? Y también: ¿Por qué quiso morir, por qué aceptó la muerte de cruz?
Y en el Evangelio hemos escuchado que Jesús se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás. ¿Por qué Jesús se dejó tentar? Y después se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. ¿Por qué anunció sin cesar el Evangelio, a pesar de que tras un entusiasmo inicial el interés fue decayendo hasta terminar crucificado?
Todos estos interrogantes, y más, hacen necesario que aprovechemos la Cuaresma para avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo, para conocerle más, amarle mejor y seguirle con fidelidad.
ACTUAR:
Jesús nos suscita muchos interrogantes, pero no nos quedemos sólo mirándole a Él. Mirémonos también a nosotros y preguntémonos:
¿Cumplo yo el pacto, la alianza con Dios? ¿Soy fiel? ¿En qué ocasiones he roto la alianza con Dios?
Y si Cristo murió por los pecados, ¿soy consciente de mis pecados, o pienso que “como no robo ni mato” no tengo pecados? ¿Con qué frecuencia recibo el Sacramento de la Reconciliación?
Y si Jesús, como verdadero hombre, se dejó tentar, ¿tengo identificadas cuáles son mis tentaciones? ¿Lucho de verdad para no caer en ellas?
Y si Jesús proclamó el Evangelio: ¿Me siento llamado y enviado, a anunciar el Reino de Dios? ¿Cómo lo hago? ¿Sigo anunciando el Evangelio, aunque no me hagan caso?
La Cuaresma es el tiempo que se nos ofrece para despejar incógnitas respecto a Cristo, de modo que no olvidemos nuestro objetivo: celebrarla “un año más”, pero que no sea “lo de todos los años”. Aprovechémosla, porque como escuchábamos en la 2ª lectura del Miércoles de Ceniza, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Que la Cuaresma sea para nosotros un tiempo favorable. Y tendremos la tentación de abandonar, de despistarnos pensando en las fiestas, en las vacaciones… pero entonces miremos a Jesús para vencer la tentación de no centrarnos en Él.
Y sobre todo vivamos con mayor profundidad la Eucaristía, porque como diremos en la última oración, alimenta la fe, consolida la esperanza y fortalece el amor. Alimentar, consolidar y fortalecer son tres verbos que resumen lo que necesitamos para vivir en plenitud el misterio de Cristo, que murió y resucitó por nuestra salvación.