Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía II del TO-B

Glorificad a Dios con vuestro cuerpo

02TO-B

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VER:

Unas veces buscando huir del ajetreo y ruido de la vida diaria, otras veces queriendo recuperar el sentido de la oración, y otras veces debido a la errónea opinión de que todo lo referente a la fe ha de quedarse en el ámbito de lo privado, son bastantes las personas que su oración la llevan a cabo, individualmente o en pequeños grupos, en un lugar recogido, donde se crea un ambiente relajante a base de luz tenue, velas, varitas de incienso y música suave. Se entiende así la espiritualidad cristiana como algo que debe cultivarse aparte de la vida cotidiana, y que sólo afecta a la propia interioridad, a uno mismo, por lo que tampoco se necesita al resto de miembros de la comunidad parroquial. Esto va generando un espiritualismo desencarnado, cerrando a la persona en sí misma y en “su” ambiente donde se siente a gusto y relajada, de modo que, si no es así, no hace oración.

JUZGAR:

Siendo totalmente cierto que hacen falta momentos de retiro para centrarse en el Señor, la espiritualidad cristiana es una espiritualidad de la encarnación, siguiendo el ejemplo del mismo Dios, que se encarnó en nuestra realidad, como hemos celebrado durante el tiempo de Navidad.

Hoy debemos sentirnos interpelados por las palabras de San Pablo en la 2ª lectura: ¡Glorificad a Dios con vuestro cuerpo! La relación con Dios no puede circunscribirse a algo que sólo atañe al alma: Jesucristo es el amor de Dios encarnado, que con su cuerpo humano se acerca a nosotros para ofrecernos su salvación, y nosotros hemos de responder a ese amor también con todo nuestro ser, alma y cuerpo, porque como indica el Catecismo de la Iglesia Católica, la persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual (362). y es toda la persona humana la que está destinada a ser el Templo del Espíritu (364), como decía San Pablo: ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?

Para ser seguidores de Cristo, no debemos caer en un espiritualismo desencarnado, sino vivir la espiritualidad de la encarnación, porque como señalaba el Papa Benedicto XVI, en Dios es amor (5): El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima (…) Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo. La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza.

Debemos pues glorificar a Dios con todo nuestro cuerpo, y esto incluye varias dimensiones:

1) Tener un verdadero deseo de, acercarnos a Jesús, de verle como Andrés y Juan, que ante la invitación de Jesús (Venid y lo veréis), fueron y se quedaron con él aquel día. Glorificamos a Dios con nuestro cuerpo cuando le damos el sitio que le corresponde en nuestra vida, no sólo una parte de ella.

2) La oración, porque la oración que brota viva desde las profundidades del alma reclama una expresión exterior que asocia el cuerpo a la oración interior (2703); y la celebración, sobre todo de la Eucaristía, porque en ella participamos con nuestro espíritu y con todo nuestro cuerpo, con los cinco sentidos: caminamos, nos levantamos, sentamos, arrodillamos, vemos, escuchamos, olemos, hablamos, tocamos, gustamos… Una celebración que no es algo individual o privado sino compartido con el resto de la comunidad parroquial, porque las palabras y acciones corporales que realizan todos los que participan en ella son signo de que somos miembros de un mismo cuerpo y, unidos, somos la mejor expresión de la fe que profesamos.

3) La acción, porque nuestra fe no es algo intimista sino que debe ser anunciado, acercándonos a los demás como Cristo se acercó a nosotros, corporalmente, para ayudarles a reconocer la voz de Dios, como Elí a Samuel en la 1ª lectura); o señalar la presencia del Señor que pasa por su lado como Juan en el Evangelio; o para acompañarles hasta Jesús, como Andrés a su hermano Simón.

ACTUAR:

¿Predomina en mí el espiritualismo desencarnado, o la espiritualidad de la encarnación? ¿Tengo presente que soy templo del Espíritu Santo? ¿Participo en la Eucaristía con los cinco sentidos? ¿Qué acción evangelizadora llevo a cabo para acompañar a otros hasta Jesús?

No limitemos nuestra relación con Dios a lo interior y privado. Glorifiquemos a Dios con nuestro cuerpo, porque somos templos del Espíritu Santo y, como indica el Catecismo, somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente nuestros sentimientos (2702).

 

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