Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía Epifanía-B

Regalos muy adecuados

Epifanía-B

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Aunque el sentido teológico de la fiesta de hoy es la manifestación del Hijo de Dios a todos los pueblos de la Tierra, representados en los Magos, en la práctica hoy es un día marcado por los regalos. La pregunta: “¿Qué te han traído los Reyes?” se repite una y otra vez a lo largo de este día. Y hay veces que, cuando la persona que hace el regalo, y no sabe qué regalar, piensa en “sus” gustos y no en los de quien va a recibirlo, nos regalan cosas que no resultan muy adecuadas: por ejemplo, regalar una raqueta a quien nunca hace deporte, o un equipo de bricolaje a quien no sabe ni cambiar un enchufe. En estos casos, por supuesto damos las gracias pero pensamos: “¿Qué hago yo con esto?”

JUZGAR:

En el Evangelio hemos escuchado el relato de la adoración de los Magos: entraron en la casa,  vieron al Niño con María, su Madre, y cayendo de rodillas, le adoraron, después, abriendo sus cofres le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Si nos quedamos en la literalidad del texto, un primer pensamiento podría ser: “¿Y qué van a hacer José y María con eso? El oro aún tiene utilidad, pero lo demás… Hubiera sido mejor que los Magos llevaran otros regalos más prácticos.”

Pero estos regalos son muy adecuados, porque como ha interpretado la Tradición de la Iglesia, el oro se le ofrece como Rey, el incienso como Dios, y la mirra en previsión de su pasión y muerte.

Quizá nosotros hemos pedido a los Reyes otras cosas, pero en este día los Magos de Oriente también nos ofrecen los mismos regalos que a Jesús, con su mismo significado, para que pensemos.

El oro, como rey: ¿Soy yo quien rige mi vida, o me dejo llevar, controlar e incluso arrastrar, por otros? ¿Qué criterios sigo en el día a día, cuál es mi escala de valores? ¿Pretendo “reinar” sobre otros, ejerzo o me gustaría ejercer algún tipo de dominio, de poder, en casa, en el trabajo, en la parroquia, en la Asociación o Movimiento, con amigos…? ¿Cómo administro “mi oro”, mis bienes? ¿Tengo presente las necesidades de otros?

El incienso, como Dios: ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida, es un lugar central, o accesorio? ¿Cómo es mi oración, la ofrezco a Dios como un perfume valioso, o rezo de cualquier modo, como quien regala una colonia barata para salir del paso? ¿Vivo la Eucaristía como un encuentro con el Dios vivo, o como mero cumplimiento de un precepto? ¿Me preparo previamente, soy puntual? ¿Participo en otras celebraciones tales como retiros, encuentros, charlas…? ¿Sigo algún tipo de formación cristiana? ¿Formo parte de un Equipo de Vida? ¿Soy miembro activo de mi comunidad parroquial, o voy por libre?

La mirra, en previsión de la pasión y muerte: ¿Cómo vivo las contrariedades y problemas cotidianos? ¿Soy previsor para evitarlos en la medida de lo posible, o vivo de forma irreflexiva? ¿Qué aspectos de mi vida están como “muertos”? ¿Qué hago para evitarlo? ¿Qué o quién me está haciendo padecer? ¿Cómo vivo esa situación? ¿Siento compasión por el sufrimiento de otros? ¿Qué “mirra” aporto para aliviarlo? ¿Estoy dispuesto a acompañar las cruces de los demás?

ACTUAR:

Los Magos de Oriente nos han dejado unos regalos muy adecuados, aunque de entrada no nos lo pudiera parecer. No nos preguntemos: “¿Qué hago yo con esto”? Ahora nos corresponde aprender a utilizarlos, y aprovecharlos para continuar creciendo y madurando como cristianos.

En el Evangelio hemos escuchado que los Magos, después de adorar al Niño, se marcharon a su tierra por otro camino. Si aceptamos el “oro, incienso y mirra” que nos han traído, también deberemos “volver a nuestra tierra”, a nuestra vida cotidiana, “por otro camino”, con otros criterios, con otros valores, con otro rumbo: el que nos marca el Evangelio. Y también con otra meta: la que nos señala el Dios hecho hombre en este Niño, al que hoy también adoramos, como hicieron los Magos.

Pero no sólo hoy: en nuestro día a día deberemos ofrecerle nuestro “oro, incienso y mirra”, nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y acciones, porque lo reconocemos como nuestro Rey, como nuestro Dios, que padeció, murió y resucitó por nuestra salvación.

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