Tenemos un Rey

VER:
La Constitución Española, ratificada en referéndum el 6 de diciembre de 1978, en su artículo 1.3), indica: La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria. Y en el artículo 56.1) señala: El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes. Esto no impide que, debido a la pluralidad política reconocida en el artículo 6, y a la libertad ideológica reconocida en el artículo 16, hoy en día encontramos personas que no están de acuerdo con la Monarquía y preferirían que la forma política fuera la república.
JUZGAR:
En este último domingo del año litúrgico, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, la liturgia nos viene a recordar que por la fe, en la Iglesia, todos tenemos a Jesús por Rey. Y no por imposición, sino por convencimiento. Así lo pedimos en el Padre nuestro: Venga a nosotros tu Reino.
Porque como nos recuerda el Catecismo “Ésta es nuestra fe”, Jesús comenzó su predicación diciendo: está cerca el Reino de Dios. Convertíos… (Mc 1, 15). Éste fue su contenido central. El Reino de Dios había sido prometido desde antiguo por los profetas, para referirse al señorío que Dios ejerce sobre el ser humano y sobre toda la Creación, con el fin de llenarlo de su paz, de su justicia, su felicidad y su amor. En definitiva, el Reino de Dios era la presencia de Dios mismo entre nosotros.
Jesús anunció con poder y autoridad que ese Reino de Dios estaba cercano; pero no se quedó sólo en palabras: sus obras, toda su conducta, mostraban que esa promesa se cumplía con Él. Y así iban quedando patentes las características de ese Reino: El Reino de Dios es un regalo que Él nos hace por amor; es un Reino abierto a todos, pero sobre todo a los excluidos y marginados de todo tipo; el Reino de Dios viene a colmar todos los deseos y anhelos más profundos del ser humano, porque como escucharemos después en el Prefacio, es el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. Y por sus palabras, obras y signos, y por su Resurrección, descubrimos que Jesús mismo, su persona, es el Reino de Dios presente entre nosotros, porque Él es verdaderamente “Dios-con-nosotros” (Mt 1, 23), y por eso es nuestro Rey.
Pero como Jesús dijo a Pilato: Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36). El Reino de Dios no es como los que conocemos. Las funciones de Jesús, como Rey del Universo, no consisten en un poder político ni en dictar una serie de leyes, sino en ayudar y proteger sobre todo a los débiles, los desvalidos, los humildes y los pobres, como un Buen Pastor, tal como anuncia el profeta Ezequiel en la 1ª lectura con una serie de verbos: buscaré… libraré… apacentaré… vendaré… curaré… guardaré…
Para Jesús, el Reino de Dios es una realidad, que se manifestará plenamente al fin de los tiempos, pero que ya desde ahora se descubre en lo pequeño, en lo insignificante, como un grano de mostaza o un poco de levadura. Y sobre todo, se manifiesta en el amor: a Dios y al prójimo.
Pero como el Reino de Dios también es un Reino de libertad, el ser humano puede aceptar a este Rey, o puede rechazarlo. Y la aceptación o rechazo del Rey no consiste en algo ideológico, en una simple afirmación o negación intelectual, sino que se concreta y se demuestra en nuestra relación con quienes son los principales destinatarios del Reino de Dios, como Jesús nos ha recordado en el Evangelio: cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis… Cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo. Con nuestra conducta estaremos mostrando si en la fe somos “monárquicos”, si Jesús es verdaderamente nuestro Rey, o si nos dejamos gobernar por nuestros intereses o por otros “gobernantes”.
ACTUAR:
Rezar el Padre nuestro, y pedir: “Venga a nosotros tu Reino” conlleva aceptar tener a Jesucristo como Rey, y que Él y su Evangelio gobiernen todas las dimensiones de nuestra vida. Hemos de ser buenos súbditos de nuestro Rey, comprometiéndonos para que su Reino, que ya ha comenzado, sea cada vez más patente sobre todo para quienes más lo necesitan, recordando que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis, y así un día podamos vivir eternamente con Él en el Reino del Cielo (oración después de la Comunión).