Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XXXII del TO-A

No nos quedemos sin batería

20171112 32TO-A                                                                                                    Descargar homilía

VER:

Cuando salieron al mercado los teléfonos móviles, yo sólo tenía un cargador. Pero a medida que fue generalizándose el uso de los móviles y se utilizaban para más cosas, y después de un par de ocasiones en que me quedé sin batería, decidí ser previsor y disponer de más de un cargador: tenía uno en mi domicilio, pero también tenía otro en el despacho y llevaba otro en la mochila. De esta manera me aseguraba poder recargar el móvil cuando y donde me hiciese falta, y no arriesgarme a quedarme sin batería y, por tanto, sin poder utilizarlo para lo que necesitaba.

JUZGAR:

En éste y otros temas de nuestra vida cotidiana es necesario aprender a ser previsores, es decir, aprender a adoptar las medidas oportunas para afrontar algunas situaciones con las que sabemos que nos vamos a encontrar. Es cierto que hay situaciones que no podemos prever, y contra las que poco podemos hacer, pero de otras situaciones sí tenemos certeza que se producirán; pero si sabiéndolo no adoptáramos medidas, sería de ser necios no hacerlo.

Estamos llegando al final del año litúrgico, y la Palabra de Dios de este domingo nos recuerda un tema en el que no solemos y no queremos pensar, pero que ciertamente ha de producirse: la certeza de nuestra muerte física y de nuestro encuentro posterior con Dios.

Ante esta certeza de la propia muerte podemos reaccionar no queriendo pensar en ella, o tratando de ocultarla, como si así fuéramos a esquivarla. Pero como ha dicho algún pensador, ésta es la certeza indudable que tiene el ser humano, y sabiendo que es algo que se ha de producir, seríamos unos necios si no nos preparáramos.

Podemos prepararnos como indica la filosofía existencialista, pensando que el hombre es un ser para la muerte (Heidegger) y por tanto lo que hay que hacer es aprovechar lo mejor posible el tiempo de nuestra vida antes de que nos llegue el momento de la extinción final.

Pero hay otra forma de prepararse: hacerlo como creyentes. Y esta forma de prepararse no está reñida con el pensamiento y la razón, ya que el propio Catecismo de la Iglesia Católica recoge la idea de la filosofía existencialista: Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida (1007).

Pero asumiendo este planteamiento existencialista, y sin negarlo, la Iglesia va más allá, como indicó en Gaudium et Spes (18): [el hombre] piensa muy bien cuando, guiado por un instinto de su espíritu, detesta y rechaza la hipótesis de una total ruina y de una definitiva desaparición de su personalidad. Y por eso la Iglesia, enseñada por la divina Revelación, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz, que sobrepasa las fronteras de la vida terrestre. Como decía san Pablo en la 2ª lectura: No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él.

Si la muerte es la única certeza total que tiene el ser humano, y Jesús venció la muerte con su resurrección, necesitamos ser previsores y estar bien unidos a Cristo, aprovechando todas las oportunidades que se nos ofrecen para tener nuestra “batería espiritual” siempre bien cargada, para que cuando llegue ese momento del cual no sabéis ni el día ni la hora, Dios nos lleve con Él.

ACTUAR:

¿Soy una persona previsora? ¿En qué aspectos? ¿Pienso en la certeza de mi muerte? ¿Me preparo para ese momento, o prefiero no pensarlo? ¿Qué medios utilizo para estar bien unido a Cristo?

La Iglesia nos ofrece múltiples “cargadores”, en diferentes ámbitos, para que no nos quedemos sin “batería espiritual”: la oración, los Sacramentos, sobre todo la Eucaristía, la formación, los Equipos de Vida, el compromiso cristiano que llevamos a cabo… Todo eso nos mantendrá bien “cargados” de Cristo y, ante la certeza de la propia muerte, no la afrontaremos como los hombres sin esperanza, sino desde la fe, que no está reñida con la razón. Como decimos en Prefacio I de difuntos: aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.

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