Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía de Todos los Santos

Aunque no quede ni el recuerdo

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Hasta que empezaron a popularizarse las cámaras fotográficas electrónicas y los teléfonos móviles, era costumbre que en las casas hubiera álbumes o cajas con las fotografías de la familia. En las fotografías antiguas vemos personas que no sabemos quiénes eran, ni siquiera si eran de nuestra familia o no, pero si su fotografía está ahí con las demás era porque han significado algo importante, aunque ahora no sepamos quiénes fueron. Lo mismo ocurre en los templos más antiguos: encontramos altares y retablos con muchas pinturas e imágenes de santos: algunos son conocidos, o fácilmente identificables, pero otros no sabemos quiénes son; en un momento de la historia fueron importantes para esa comunidad parroquial, y por eso se pintó o se puso su imagen, pero el paso del tiempo ha hecho que se borre el recuerdo de quiénes fueron y qué hicieron.JUZGAR:

Hoy celebramos la solemnidad de Todos los Santos. De todos, los conocidos y desconocidos, pero sobre todo de los desconocidos. Hoy es un día en que nos podemos preguntar, al contemplar esas imágenes o pinturas, o leer sus nombres en algunos calendarios, nombres que a menudo nos suenan extraños: Esos… ¿quiénes son y de dónde han venido?

Y probablemente no encontraremos respuesta exacta, porque igual que en las personas de las fotografías antiguas o imágenes y pinturas, de la mayoría de esos santos desconocidos sólo hay unos pocos datos, o sólo ha perdurado el nombre; incluso de muchos ni siquiera el nombre: son los que forman esa muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas pueblos y lenguas.

Pero de lo que sí tenemos certeza es de que, si han sido declarados “santos”, es porque han sido fieles discípulos y apóstoles de Cristo, y muchos incluso vienen de la gran tribulación por Él. Y por eso hoy les contemplamos con agradecimiento y celebramos su fiesta, aunque no sean conocidos.

Pero esta fiesta nos compromete, porque todos nosotros somos también discípulos y apóstoles de Cristo y, por tanto, estamos llamados a ser santos. Y todos podemos alcanzar esa misma meta.

Y el camino para alcanzar la santidad es el de las Bienaventuranzas, como hemos escuchado en el Evangelio: un camino que, de entrada, nos puede resultar duro y a veces inalcanzable. Pero si nos detenemos a reflexionar, en nuestra vida ordinaria encontraremos oportunidades para recorrerlo.

Todos podemos ser más pobres en el espíritu, y apartar el orgullo y la prepotencia.

Todos podemos ser más sufridos, esforzarnos más o mejor por el bien de los demás.

Todos podemos “llorar” más, dolernos, no ser indiferentes ante tanto mal, cercano y lejano.

Todos podemos tener más hambre y sed de la justicia, ante tantas injusticias que conocemos.

Todos podemos ser más misericordiosos, compadecernos de corazón por el dolor de otros y tratar de ayudarles según nuestras posibilidades.

Todos podemos ser más limpios de corazón, apartando el engaño, el fraude, la doble intención.

Todos podemos trabajar más por la paz, evitando maledicencias, discordias, rencores, venganzas…

Todos deberíamos asumir ser perseguidos por ser justos, por defender lo correcto, lo que debe hacerse por derecho y razón, aceptando por ello comentarios, que nos señalen, que nos ninguneen.

Todos deberíamos sentirnos alegres y contentos de que nos miren mal, o que se burlen de nosotros por ser “los raros”, por no ocultar que somos discípulos y apóstoles de Cristo, que participamos en la Eucaristía, porque nos sabemos y sentimos Iglesia en el corazón del mundo.

ACTUAR:

El camino de la santidad, el camino de las Bienaventuranzas, está al alcance de todos, y la solemnidad de hoy nos lo confirma y recuerda, porque en todos los Santos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad. Pidamos su intercesión para que nuestro estilo de vida, orientado por las Bienaventuranzas, también provoque esa pregunta: “Éstos, ¿quiénes son?”

Como en las fotografías antiguas, o en las imágenes o pinturas de los templos, aunque no quede ni nuestro nombre ni nuestro recuerdo, que sí quede la certeza de que fuimos llamados a la santidad, viviendo como discípulos y apóstoles de Cristo, como lo fueron todos los Santos a quienes hoy recordamos, y con quienes esperamos encontrarnos después de esta vida en el Reino de los Cielos.

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