Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 30 TO-A

¿Cómo podemos amarlo?

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Tal como señalábamos la semana pasada, hay algunas cuestiones que surgen de forma recurrente en las reuniones de formación. Una es cómo podemos saber lo que Dios espera de nosotros, a la que ya dimos respuesta el domingo pasado. Y otra es la dificultad para amar al prójimo, sobre todo en algunos casos en los que reconocemos que “no nos sale” ese amor. No le deseamos ningún mal, pero tampoco le amamos; a veces incluso no experimentamos ningún sentimiento hacia él.

JUZGAR:

De ahí que, al escuchar a Jesús afirmar el Evangelio de hoy que el mandamiento principal de la Ley es Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón… pero añadiendo inmediatamente: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, y que estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas, nos entra un sentimiento de culpabilidad y mala conciencia, porque la primera parte quizá la podemos asumir, pero la segunda no. ¿Cómo podemos cumplir entonces las dos partes de este mandamiento?

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica Dios es amor, recoge esta cuestión y plantea dos objeciones contra el doble mandamiento del amor (16): Nadie ha visto a Dios jamás, ¿cómo podremos amarlo? Y además, ¿se puede mandar el amor? Porque el amor no se puede mandar; a fin de cuentas es un sentimiento que puede tenerse o no, pero que no puede ser creado por la voluntad.

El Papa es realista en su planteamiento, pero para que no nos quedemos sólo en la primera parte del mandamiento, nos recuerda citando a san Juan: «Si alguno dice: ‘‘amo a Dios’”, y aborrece a su herma-no, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4, 20).

Y para que descubramos que sí podemos cumplir las dos partes del mandamiento del amor, indica a continuación (17): es verdad que nadie ha visto a Dios tal como es en sí mismo. Y, sin embargo, Dios no es del todo invisible para nosotros. Este amor de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible: en Jesús podemos ver al Padre. De hecho, Dios es visible de muchas maneras. Siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía. En la liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra vida cotidiana.

El Papa nos invita a afrontar el doble mandamiento del amor desde esta “visibilidad” de Dios en nuestra vida, recordándonos cuando no podemos sentir amor hacia el prójimo que (17) Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este «antes» de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta.

Y puesto que el rostro de Dios es Jesús, continúa (18): es posible el amor al prójimo, por Jesús. En Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita.

Y como consecuencia, como dice el Papa Francisco en Evangelii gaudium (272): Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios.

ACTUAR:

¿Cómo manifiesto a Dios el amor que siento por Él? ¿Cómo manifiesto el amor al prójimo? ¿Hay algún “prójimo”, individual o colectivo, al que me doy cuenta que no amo? ¿Qué presencias visibles de Dios descubro en mi vida? ¿Cómo cuido el encuentro íntimo con Dios, tanto para descubrir su amor por mí, como para ver al prójimo desde la perspectiva de Jesucristo?

La Eucaristía es el Sacramento del Amor, la presencia real de Cristo que actualiza su entrega por amor. Necesitamos vivir la Eucaristía y vivir de la Eucaristía para cumplir el doble mandamiento como nos recuerda Benedicto XVI (1): ahora el amor ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro. (18): Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un «mandamiento» externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros.

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